El hombre tras el humo misterioso

La identidad de la obra  de David Lynch  está marcada por cierto carácter misterioso e indescifrable. Desde Cabeza borradora hasta Inland Empire , con contadas excepciones, sus películas constituyen inmersiones en los oscuros laberintos del inconsciente, donde el espectador debe estar dispuesto a perderse para disfrutar de la propuesta. En cierto sentido, una buena manera de descubrir el origen de sus obsesiones  se encuentra en el documental David Lynch: The art of  life y en el libro recientemente publicado El hombre de otro lugar, pues ambas constituyen aproximaciones muy clarificadoras de esta figura fundamental del cine contemporaneo. Por su parte, el trabajo de Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm no se centra en sus películas  sino que representa la oportunidad de conocer de viva voz su infancia y trayectoria como artista plástico antes de convertirse en el director de Cabeza Borradora.

Para Lynch la pintura parece la manera de escapar de un mundo limitado para trascender. Este documental es un retrato del proceso creativo del pintor en su día a día en el estudio, que recoge anécdotas de importancia capital: el día en el que el padre de uno de su amigos y también pintor Bushnell Keeler  le regaló El espíritu del arte (momento clave que marca el descubrimiento de uno los pilares fundamentales de la forma de vida que da título al documental), la insólita aparición de una mujer desnuda caminando por delante de su jardín cuyo profundo impacto queda reflejado en Terciopelo azul, o su  época en la deprimida Philadelphia.

Cada uno de los sitios donde ha estado, deja marca en un  hombre, aparentemente simple, con una capacidad sobrenatural para crear universos sumamente personales que le convierten como dice Lim en un “formalista intuitivo” o en“el artista primitivo de nuestro tiempo”. La conclusión podría llevarnos a pensar que tras la icónica figura del director de cine envuelto en humo se encuentra un pintor que de repente percibió un viento que le inspiró para poner movimiento y sonido a sus cuadros.

Godzilla: el icono politizado.

En el periodo de postguerra el cine de ciencia ficción japonesa  se encontraba en una fase de estancamiento. Quizá por ello,  la aparición  en 1954  de Godzilla tuvo un efecto parecido al de un cataclismo. El trabajo de Ishirô Honda, que en principio podría considerarse como una reformulación en clave japonesa de “La criatura que surgió de las profundidades”, supuso no solo una poética manera de hacer frente a las consecuencias de los bombardeos de  Hiroshima y Nagasaki, sino también una reflexión radical sobre los peligros del avance tecnológico. Con unos efectos especiales artesanales, que de alguna manera suponían un contrapunto al  elaboradísimo trabajo de Ray Harryhaussen, la película de Honda fue una exhibición de estilo cinematográfico que alcanzó  un éxito sin paliativos a la vez que dio a luz un nuevo subgénero: el kaiju-eiga.

63 años después y tras innumerables continuaciones y revisiones, entre las que se podría destacar  la misteriosa aproximación de  Gareth Edwards: probablemente uno de los mejores ejemplos de cine de monstruos bien entendido, junto con el recientemente estrenado Kong, los directores Hideaki Anno(Evangelion) y Shinji Higuchi(Ataque a los titanes) se plantean volver a contar el  origen de Godzilla con la sombra de los accidentes de la central nuclear de Fukushima como fondo tenebroso. Con esta interesante  premisa  Shin godzilla  podría correr el riesgo de ser entendido como un revival más, cuando en realidad se trata de un trabajo extremadamente singular, pues se centra no tanto en recrear la debacle que supone la aparición de Godzilla, como en poner el foco en las reuniones diplomáticas encargadas de hacer frente a la crisis. La clave está en entender que tras esta discutible estrategia de centrar gran parte del metraje  en  mostrar  los trámites burocráticos y las bizantinas discusiones que mantienen los miembros del gabinete, ocasionalmente acortadas con brillantez a través de intertítulos, no se trata sino  de hacer una reivindicación de la  nueva política nipona con ciertos guiños a posibles aliados . Por otro lado, los intentos de volver a las antiguas texturas, la poderosa imaginación que destilan las escasas escenas del monstruo y el carácter contemplativo que subrayan los momentos finales,  reclaman un cierto reconocimiento para un trabajo que, en el fondo, posee gran personalidad.

Laberintos de pasión

La perspectiva siempre es uno de los factores claves a la hora de contar una historia. El punto de vista determina de manera subjetiva la narración. Así, lo que se cuenta es tan importante como lo que no se cuenta, especialmente cuando se pretende hacer un sorprendente  giro narrativo. Este recurso de manipulación de la audiencia tiene un peso específico  en La doncella, adaptación libre de la novela  Falsa identidad de Sarah Waters, donde Park Chang Wook  traslada la trama de la época victoriana a la Corea ocupada de los años 30. La llegada de una sirvienta a una lujosa mansión constituye el principio de un  cuento gótico con tintes eróticos en forma de  juego de perspectivas desdobladas, donde  el giro funciona como un recurso ensamblador que rompe con lo que se ha contado anteriormente. Cada punto de vista contiene información esencial, que constituye una pieza clave en un puzle de personajes dividido en tres partes, que sirve al surcoreano para plantear una nueva historia de venganza con la rebelión femenina frente a la opresión del patriarcado como telón de fondo. Aunque en este sentido se le podría calificar como director feminista, la suntuosa sensualidad con la que construye los  retablos eróticos  sugiere, en ocasiones, una mirada masculina tan oscura como la que critica.

La firma del surcoreano se confirma no solo por las turbulencias argumentales sino también por  una apabullante habilidad  descriptiva con la cámara, que se traduce en travellings coreografiados al milímetro.  Con el deseo de alcanzar la perfección kubrickiana, Wook realiza también un excelso trabajo de composición del plano simétrico que viene acompañado de un estudio en  profundidad de campo de las estancias de esta mansión asfixiante.

El resultado final es una obra que constituye  una radiografía excepcional de un entorno lóbrego,  captado con una ambientación  tan poderosa como la perversión reinante.

 

Agentes de la rebelión

Tras el éxito cosechado con Los vengadores, la productora Marvel decidió  ampliar su universo creando la serie Agentes de Shield. Centrada en las aventuras de un grupo de detectives comandado  por el personaje secundario  Phil Coulson,  el serial funciona  como dispositivo para hacer más llevadera  la espera entre cada nueva entrega, a la vez que regala con algún cameo de importancia. Podría decirse que con la misma necesidad de rellenar huecos y satisfacer al público fiel aparece el spin off de Star Wars: Rogue one. Intercalada entre la llegada del  séptimo y el octavo episodio,  la película relata  la historia de los rebeldes que robaron los planos de la estrella de la muerte: hechos que ocurren entre el tercer episodio (La venganza de los Sith) y el cuarto episodio (Una nueva esperanza).

 

Como ya ocurría en el recientemente estrenado episodio siete, la necesidad de corrección política preside la propuesta. Capitaneados por la figura femenina libre  e independiente, el conjunto protagonista está constituido por  un grupo de mercenarios de  distintas procedencias dibujados con  trazos sumamente discretos. La sobriedad no debería ser un problema pues todos tienen su propia personalidad, si bien hay personajes  desaprovechados, como es el de Saw Guerrera. Destaca quizá el estado de gracia que alcanza  el nuevo ente robótico K-2SO, que por otra parte parece heredero directo de C-3P0.

 

Al margen de esto, se hacen reconstrucciones digitales de personajes de la trilogía original en un intento de recuperar viejas glorias: algunas necesarias para contar la historia y otras con escasa confianza en la intuición del espectador. Asimismo se recupera la figura de Darth Vader, cuyas apariciones responden en general a la necesidad de aliviar al fan. No obstante resulta sumamente interesante ese plano en el que Vader contempla impotente la derrota del imperio  ante el grupo de rebeldes, como si se tratara de un fresco de la figura de Lucas ante el nuevo tratamiento de su creación.

Rogue one  no es una space opera focalizada en la lucha entre los Jedi y los Sith, aunque  la temática paternofilial permanece presente en esta nueva historia como uno de los núcleos principales. Esta crónica de star wars parece más bien centrada en reflejar con “fidelidad” los conflictos internos de la rebelión, a la vez que  propone  una lectura política que encierra  una crítica a la dominación del imperialismo americano.

 

 

Se podría pensar  que tras  El despertar de la fuerza (capítulo cuyo momento clave es ese nostálgico plano en el que Han solo echa una mirada cómplice con el público al  poner las  manos sobre los asientos de la cabina del Halcón milenario y recordar viejas batallas) el verdadero interés de Disney  es aprovechar la época navideña para sobreexplotar la formula, hacer taquilla y vender merchandising sin plantearse una evolución con inventiva propia. Sin embargo los intentos de crear nuevos mundos, la ralentización del ritmo y el taxativo final de los protagonistas  sugieren  que la película propuesta por  Gareth  Edwards es  tímidamente más original e imaginativa que la de Abrams,  sin que escape a los automatismos del blockbuster convencional.

 

 

 

Como ya hizo en su versión de Godzilla, Edwards trata con sumo respeto aquello que toca, al tiempo que se atreve en ocasiones a desarrollar su propia poética personal. Su contención en el estilo visual  funciona en este caso como un susurro que reclama con solemnidad cierto grado de autoría en medio de una ventisca atronadora de uniformidad.

 

Quizá la prudencia jedi nos aconseja en este caso no dictar sentencia aún y dejar que sea el tiempo el que decida. La llegada de los próximos episodios  nos permitirá entenderla como un subproducto más con escasa identidad  o como un interesante experimento  que genera sentimientos encontrados  parecidos a los que al final de El retorno del jedi, despertaba Luke Skywalker en Vader (fan dolido y desencantado con lo que Disney hace con el ingenio mágico de Lucas) , confiando en que los conflictos de padre (deseos de encontrar nuevas ideas que permitan recuperar la pasión por la imaginación desbordante que ha caracterizado a esta magnífica saga) le conduzcan a la redención (justa apreciación del  toque singular que ofrece esta entrega).

El poder del lenguaje

La soledad del ser humano en la Tierra es tan profunda que  nos ha llevado a preguntarnos sobre la existencia de vida  inteligente en el vasto universo. A la espera de un eventual encuentro con otras civilizaciones,  el cine y la literatura han propuesto distintos escenarios en los que la humanidad establecía contacto con  especies extraterrestres. En este contexto parece necesario  un mecanismo de comunicación universal y preciso. En este sentido  el lenguaje de las matemáticas, en el que se fundamenta la física, ha sido considerado como un buen candidato para la resolución de este problema. Quizá por ello  los primeros intentos de mandar mensajes al espacio contenían la serie de los números primos o de Fibonacci. Por otro lado, hay lenguajes  más accesibles capaces de expresar conceptos abstractos con exuberante  belleza  como son la música o el cine. El poder del sonido unido al  de la imagen puede dar lugar  a obras tan   potentes y misteriosas que deslumbran por su forma de reflejar la naturaleza humana como puede ser “2001 odisea del espacio”.

En La llegada adaptación del libro “La historia de tu vida” de Ted Chiang, la aparición de una gigantescas naves espaciales con forma semioval  establece la base de  una nueva disertación sobre el citado problema de comunicación con otro tipo de inteligencia extraterrestre. Se trata de un caso particular, pues el elemento de ciencia ficción hard en  torno al cual  la trama   se  vertebra es precisamente el  proceso de aprendizaje del idioma extraterrestre y las posibilidades que este ofrece. En este sentido la obra de Chiang es un texto muy complejo, repleto de ideas de un preciosismo conceptual asombroso expresadas con la sencillez de un poeta.

Por su parte, el debutante en el campo de la ciencia ficción Denis Villeneuve ha optado por una transformación del texto en una película marcada por una forma conservadora  que subraya en demasiadas ocasiones las tradicionales diatribas políticas que conlleva el encuentro(los científicos buenos e inteligentes frente al ejército de incompetentes obsesionados con la seguridad nacional), a la vez que intenta darle un final racionalista, que salvando el giro de guión, esquiva dejar al espectador con los misterios que suele llevar asociada la buena ciencia ficción. Su mirada trascendental se parece más a la del último trabajo del británico Christopher Nolan, que a pesar de sus problemas de lenguaje cinematográfico, no deja de ser sumamente personal. Es  precisamente su estilo lo que mejor mantiene el francés en este trabajo: la capacidad narrativa, la fotografía gélida en tonos grises, el uso de grandes angulares, los ágiles movimientos circulares de cámara, así como cierto gusto por la estética onírica.

El resultado es una película con un solvente trabajo de puesta en escena que, desgraciadamente no alcanza el grado de singularidad que merecería.

Barco fantasma

En 1968 Stanley Kubrick revolucionó el panorama de la ciencia ficción y del lenguaje  cinematográfico con 2001: una odisea del espacio. En la epopeya de ciencia ficción  el británico exponía su paradójica visión  del hombre eclipsado por el desarrollo tecnológico   a través de los ojos de un ordenador: Hal 9000. Los ecos de Kubrick han trascendido el tiempo  como demuestra la  mirada  que propone  Mauro Herce en el documental Dead Slow ahead.  El espectador se embarca en un desconcertante viaje en  busca de los horizontes de lo desconocido   donde es testigo de la no-vida  de los marineros del carguero Fair Lady que, convertidos en meros autómatas  enclaustrados y alienados por los imparables motores, parecen encontrar su único vestigio de humanidad  en  una fiesta de karaoke.

La propuesta de Herce  encuentra su mayor atractivo  en un montaje casi expresionista, basado en un imaginativo trabajo de iluminación y construcción de planos estáticos,  con los que   logra un tratamiento estético de las  imágenes y sonidos reales de los ambientes portuarios, las máquinas,  las estancias del barco que  podrían llevar a pensar que se trata   del último viaje de una nave espacial con rumbo hacia los confines del tiempo.

 

Otra interpretación de este ambicioso juego   formal  entre realidad y ficción evoca de alguna manera  los mecanismos del cine de  terror psicológico, al  suscitar la sensación de que los laberínticos interiores del barco no son sino  las entrañas de un monstruo que  va devora poco a poco a los tripulantes,  estableciendo así  una metáfora sobre los peligros de la industrialización del siglo 21 como feroz depredador de la naturaleza humana. El resultado final es un documental con un ritmo tan lento como el que impone su título, que no pierde en ningún momento su carácter de experiencia sensorial, tan potente  como excepcional.

El discreto encanto del subconsciente perverso

La existencia humana está sazonada de violencia y sexo. El estudio de la interdependencia entre estos dos elementos permanece como una de las inquietudes temáticas en la filmografía de Paul Verhoeven, pero a diferencia de la gran mayoría de directores de éxito en Hollywood, el holandés esconde reflexiones profundas en cada uno de sus trabajos.  No sería descabellado afirmar que tras  el autor de títulos tan comerciales como Starship Troopers o Robocop hay un moralista irónico con tendencia a la provocación. En su último trabajo pone el foco sobre ese deseo sexual que despierta  el instinto animal en lo más profundo de nosotros,  llevándonos en ocasiones a cometer acciones de naturaleza deplorable. Elle podría ser considerado como  el estudio psicoanalítico de los contradictorios mecanismos emocionales que se disparan cuando una mujer es violada. Este simple principio  sirve  como pilar  fundamental para: ahondar con sutileza en los sótanos de la mente humana, diseccionar los juegos de  dominación sexual y las reacciones que estos despiertan en la sociedad. Tampoco resulta  desdeñable en este contexto la presencia del mundo de los videojuegos: ese espacio onírico donde ocasionalmente se liberan algunas de nuestras fantasías pasionales más profundas. Y por si esto fuera poco, Verhoeven se plantea  un discurso especialmente crítico con la hipocresía endémica de la clase media alta.

 

Entre las aficiones del holandés también está la de descomponer géneros. En esta ocasión  ha  logrado encontrar una singularidad radical al concebir la adaptación del bestseller Oh de Philipe Djian (autor también de Betty blue y El amor es un crimen perfecto), como la premisa para proponer un subversivo juego de mise en scéne con situaciones extremas que detonan las formas del thriller y dan a luz un nuevo género que él mismo bautiza como  rape comedy.

 

Otro de los aspectos que  resulta destacable dentro de la filmografía de Verhoeven es la funcionalidad que cumple la presencia femenina. Ya sea en Showgirls: una celebración dionisiaca de la belleza del cuerpo de la mujer  que encierra una crítica de la sociedad de consumo o en Instinto básico: un originalísimo  ejercicio de homenaje a Hitchcock, la presencia de la mujer libre e independiente que lucha contra los límites que le impone la sociedad tiene un papel determinante en su cine. Esta vez su delicada  labor de dirección conlleva entrar en sintonía con la siempre sobresaliente Isabelle Huppert: una  belleza madura que proyecta  un poético duelo entre la repulsión y la excitación, que envueltos en el halo misterioso que destila la francesa,  convierten a esta interpretación, llena de matices, en otra exuberante lección de complejidad.

 

En síntesis, Elle se revela como una fábula liberal sobre los claroscuros de un subconsciente plagado de herencias obsesivas y los ecos  generados por estas  a lo largo del tiempo, que sumerge al espectador en  un alambicado  puzzle de identidades antagónicas con una moral que encierra como subtexto la aceptación social de  las pulsiones perversas.