Safari (Ulrich Seidl, Austria, 2016)

A sangre fría

“Te golpearé sin cólera y sin odio, como un carnicero” – Baudelaire

Ulrich Seidl se ha especializado en retratos descarnados de comportamientos humanos íntimos en el entorno periférico de la aceptación social. Si bien, a diferencia del cine mondo con el que se le ha conectado, se aleja del tono sensacionalista al servicio del espectáculo, buscando una cierta empatía con sus personajes que aproxime al espectador a las motivaciones que les mueven.

¿Qué induce a la gente de clase media a invertir sus vacaciones matando animales? Este interrogante, como sucede con todos los temas de partida de su filmografía, será la excusa para que Seidl nos conduzca por la experiencia de sus protagonistas en un viaje de ida en cuyo retorno no espera dejarnos indiferentes. No en vano en su inicio, en uno de sus cuidados cuadros fijos, nos enfrenta a un camuflado refugio de caza desde el que se lanza un disparo sin destinatario visible, salvo nosotros. Del mismo modo, en la muestra de los rituales asesinos de los cazadores austriacos y alemanes que se divierten en una finca sudafricana, los impactos de sus rifles desestabilizan la cámara, como si con ello el director quisiera despertarnos de nuestra actitud espectadora pasiva e impregnarnos de la violencia que está grabando. Porque tras su aparente neutralidad en el registro documental, subyace una selectiva mirada con la que condicionar nuestra interpretación: por una parte, desde el punto de vista narrativo con la total impudicia con la que los turistas recitan el catálogo de precios de sus presas animales, exponen sus opiniones –plagadas de eufemismos-  justificando su afición o se jalean y celebran los triunfos de su desigual confrontación; por otra, a través del sello visual de su autor, cuyas calculadas composiciones frontales simétricas detenidas de forma concienzuda en el tiempo se erigen en metáforas gráficas que capturan eficazmente nuestra atención. Será sobre todo mediante sus bodegones humanos como Seidl subrayará el contraste entre la población blanca dominante, con voz y rodeada de trofeos cinegéticos, y la negra nativa, silenciosa, relegada al trabajo duro y sucio, a los despojos y casi mimetizada como una víctima animal más del colonialismo aún imperante.

“Safari” continúa el camino de depuración del estilo de su director, con las recurrentes puestas en escena estáticas comentadas, conexiones argumentales antónimas (el afecto exacerbado por sus mascotas manifestado en “Animal love”) y paralelas (la explotación turística del primer mundo en el tercero de “Paraíso: Amor”, la pareja de ancianos cazadores –que repite en este documental- y los amantes de las armas de “En el sótano”, el erotismo –aquí sublimado a través del acto de matar-), e incidiendo en su apelar a nuestra pulsión escópica, como pone de relieve al internarnos en el lugar donde los animales cazados son desollados y descuartizados. Suenan entonces las resonancias de “La sangre de las bestias” (1949), donde Georges Franju nos sacudía con su hiperrealista exposición de los mataderos de París como trastienda de la lírica imagen de la ciudad, ajena a la implacable actividad que le suministra alimento. Por eso resulta tan inquietante la reflexión final del dueño de la finca sudafricana sobre nuestra hegemonía como especie y, a la vez, carácter prescindible. Esto acentúa aún más la caprichosa naturaleza depredadora del ser humano que revela Seidl, escalofriante por su premeditada alevosía y desproporción. A tono con todo ello, como único marco musical en todo el metraje, a toque de corneta arranca y concluye el filme, aunque con sus intérpretes en un significativo cambio posicional, como bifronte puede ser la realidad: a un lado la que aceptamos y al otro la que preferimos ignorar.

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Rara

El precio de la diferencia

Hasta ahora contábamos con muy pocas versiones fílmicas normalizadas de la maternidad en una pareja femenina, caso del tercer segmento de “Mujer contra mujer” (2000) y de “Los chicos están bien” (2010). Por su parte, en la más reciente “Carol” (2015) resultaba paradigmático el sacrificio de la faceta materna para salvaguardar la identidad sexual de su protagonista. Al margen de Hollywood, la chilena “Rara” aporta una moderna visión del tema como especial telón de fondo.

En su ópera prima en la dirección, Pepa San Martín, que también suscribe el guion, ha declarado que se inspiró en el caso real de la jueza chilena Karen Atala, que en 2003 perdió la custodia de sus hijas por vivir con una mujer, si bien de forma deliberada ha huido de una narración reivindicativa criticando abiertamente la homofobia. Precisamente una de las fortalezas del relato reside en su apuesta por alejarse del dramatismo de la marginalidad en la que tradicionalmente el cine ha enmarcado a los personajes de orientación no heterosexual y abordarlos sin ningún complejo por ello. De este modo, sin perder su carácter testimonial por el hecho distintivo en sí, ha expandido su alcance al no limitarse a una historia sobre prejuicios y sus consecuencias.

Los créditos iniciales de la película, con leves cambios de grafía en cada nombre que vuelven a su ser ortográfico reglado, apuntan la singularidad que en todos nosotros reside. Su arranque contiene, asimismo, otra de sus claves: con el plano secuencia inicial en el colegio y con su escena posterior, de regreso a casa, se revela el punto de vista neurálgico de “Rara”, que nos interna en el microcosmos vital de Sara, de doce años, alternando su personal paso por el universo juvenil que la rodea y su dejarse llevar por el mundo de personas mayores del que aún depende.

Junto a su hermana pequeña Cata, Sara reside con su madre divorciada y su actual pareja femenina en armónica convivencia, mientras periódicamente visitan la casa de su padre y la mujer de este, en el que aparenta ser un educado y respetuoso intercambio parental aceptado por ambas partes.

En formato casi de road movie, alejada de cualquier maniqueísmo, la película irá mostrando sin estridencias, desde los gestos cotidianos, el contraste de temperaturas de hogares –frente a la calidez del materno, la rigidez del paterno- y de actitudes vitales de las menores ante la situación familiar –frente a la todavía ingenuidad del paraíso infantil de Cata, la inquietud creciente de Sara-.

La cámara, sin dejar de observar a la observadora Sara, a veces sin necesidad de revelar lo que mira, irá recreando su vulnerabilidad adolescente, donde las inseguridades de la edad y la asimilación de los códigos adultos condicionan la percepción del habitual entorno. Por eso será tan permeable a la naturalidad con la que sus madres manifiestan su vínculo como a los recelos que esto suscita, con lo que asistiremos a su naciente incomodidad interior, agravada por la experiencia de quien se siente obligado a ver su diferencia como un estigma.

Sara no será consciente del poder que puede darse a unas palabras. Al igual que en las adaptaciones cinematográficas de “The children’s hour” un malicioso rumor infantil se volvía devastador, una rabieta de inconformidad que transmite a su padre marcará un punto de no retorno en el futuro de sus dos familias, dando alas a su progenitor masculino para iniciar una batalla judicial en la que conseguir la custodia de sus dos hijas. De este modo, una ola distorsionada será capaz de generar un maremoto imparable en el equilibrio de relaciones hasta entonces imperante.

Gracias a la verosimilitud que transmite todo el reparto, con especial mención a la espontaneidad de las debutantes Julia Lübbert (Sara), volcán en erupción contenido, y Emilia Ossandon (Cata), pura inocencia, los efectos del conflicto nos llegarán con una mirada plenamente humanista, siendo tan elocuentes los silencios como oportunas las elipsis. Incluso la subtrama de la gatita encontrada se terminará articulando como una metáfora de la importancia de un hogar donde ser queridos y considerados.

La convención circula por accesibles caminos trillados, mientras que lo atípico a menudo debe pagar temporalmente un precio que lo equipare. Sara provocará, involuntariamente, que se le cobre su primer peaje. Con este desplazamiento del epicentro de la acción, del personaje adulto real que la inspiró, a la intimidad de una menor en tránsito, Pepa San Martín ha conseguido una película mucho más inclusiva y universal a favor de la igualdad que cualquier otra de marcado carácter militante.