Locas de alegría

Los diferentes disfraces de la razón

Cuenta  Paolo Virzzi que, antes de escribir el guión de Locas de Alegría, Francesca Archibugi y él se entrevistaron con psiquiatras y psicoterapeutas y conocieron a pacientes aquejados de diferentes trastornos. Después de aquellas visitas llegaron a la conclusión de que aquellas personas no eran muy diferentes de las que encontraban a diario.

A la hora de construir a los dos personajes protagonistas se decidió que lo importante era adoptar su punto de vista acerca de lo que ocurría en sus vidas, partiendo del hecho de que ni Beatrice ni Donatella podían definirse sólo a partir de un informe médico, un diagnóstico o la medicación prescrita.  Y así, tanto sus historias particulares como la que ambas vivirían en común, no estarían alejadas, como pudiera parecer, de la de cualquiera.

Locas de alegría arranca en una institución psiquiátrica con la aparición de Beatrice, verborreica,  permanentemente insomne y envuelta en chales y pañuelos de vivos colores arrollando todo a su paso. Valeria Bruni Tedeschi tiene el rostro y el gesto idóneos para interpretar, y no es la primera vez, a una aristócrata excesiva en tono y ademanes que, a diferencia de lo que podía ocurrir en Un Castillo en Italia, aquí despierta al instante una inevitable simpatía.

Donatella, por contraste, llega en sombras. Con muletas, aspecto frágil y descuidado,  mirada huidiza y tan delgada que flota dentro de su camiseta gris. Cuando habla, el tono y la voz grave de Micaela Ramazzotti transmite de inmediato el abatimiento de quien ya espera poco de nadie y menos de sí misma.

Beatrice la acogerá bajo su abrumadora ala protectora y emprenderá con ella una aventura (desatinada) destinada a arreglar la situación que las ha llevado a cada una al lugar y al estado en el que se encuentran  porque “ellas también tienen derecho a ser felices” aunque sí, “según algunos informes”, están locas.

El espectador las acompañará en este viaje delirante en busca de la felicidad, embriagado de esa alegría misteriosa e irresistible pero sin poder evitar vislumbrar la desolación que yace debajo y que la película no se molesta en ocultar.

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Por más que se busque evitar etiquetas y por más que en la vida diaria se encuentren personas de todo tipo, Beatrice y Donatella encarnan dos trastornos de los llamados del estado de ánimo: la manía y la depresión. Por más que nos preguntemos qué decide lo que es o no normal, lo cierto es que las conductas anormales vienen dadas en dimensiones y la alegría y la tristeza se quedan cortas para describir lo que sienten. La alegría y la tristeza de Beatrice y Donatella les causan sufrimiento, las llevan a comportamientos incomprensibles, no les permiten adaptarse al entorno,  provocan malestar a las personas que las rodean… Cuando la realidad es un peso insoportable y la mente rechaza esa carga, esa huida hacia delante no se encarna en una alegría “normal”, ni en una tristeza “normal”… ´

La hiperactividad e irascibilidad de Beatrice y su irracional manera de dilapidar la fortuna de su familia la ha apartado de ellos. Su madre ya no puede ni quiere saber más de ella. Donatella por su parte, en ese tono monocorde e inexpresivo tan suyo, narrará  en una escena hermosa y devastadora cómo la pesadumbre, la profunda infelicidad y desesperanza la llevaron a atentar contra lo que más quería. “Lloras mucho, me decían”

Y el espectador que las ha acompañado en su viaje contagiado de esa pazza gioia, loca alegría del sutil y certero título original, se debería querer quedar con ellas hasta el final  porque, también con lágrimas, Paolo Virzzi ha escrito una comedia divertida, optimista y profundamente humana: una historia de personas.

La chica dormida

Una nueva canción.

En 1986, Jim Henson condujo a Sarah (Jennifer Connelly) Dentro del laberinto. Un lugar poblado por sus criaturas de gomaespuma, cartón piedra y corazón, y gobernado por el maligno y hermoso rey de los goblin interpretado por David Bowie. La joven protagonista tenía que atravesar el laberinto en pos de algo muy preciado para ella que le había sido robado. En cierto momento caerá en un olvidadero. Un lugar destinado a que Sarah no recuerde qué la ha traído hasta allí y vuelva a casa, tal y como llegó.

Naturalmente eso no era posible. El laberinto que Sarah recorría entre muñecos y canciones, fuera o no un sueño, no era más que el tortuoso camino de su propia adolescencia y aunque alejarse del confortable mundo de la infancia nunca ha sido fácil, es inevitable y por mucha resistencia que se oponga, no tiene vuelta atrás.

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Han pasado treinta años pero las cosas siguen igual de complicadas para los chavales. Cuando Greta Driscoll (deliciosa Bethany Whitmore) va a cumplir quince años y su madre decide para su desesperación, celebrarlo por todo lo alto invitando a todos sus compañeros de curso, Greta también tendrá un sueño, o no, y también le robarán un objeto preciado y no recorrerá un laberinto pero sí un bosque, reverso (igualmente) tenebroso de su propio mundo,  en el que acechan fieras que intentarán lastimarla, seres bienintencionados que querrán ayudarla aunque no puedan y seres que sí podrán.

Dirigida por Rosemary Myers, La chica dormida adapta la obra de teatro del mismo título de   Matthew Whittet, encargado del guión y de interpretar, tanto al padre de Greta como a su equivalente en el bosque. Con una puesta en escena arriesgada, llamativa y vintage y  formato poco habitual de 4:3, la primera película de esta directora australiana, es una comedia agridulce sobre la adolescencia hecha con igual talento que cariño, que sabe utilizar los arquetipos de los cuentos interiorizando su significado. Los cambios corporales que ocurren a cierta edad no van a la par de los cambios en la psicología. Los conceptos hasta el momento inamovibles se desestabilizan, las personas que nunca se equivocan, los padres, ahora se descubren falibles…. y hay que salir de esa confusión y encontrar sentido a lo que ocurre para tratar de dar un significado a nuestras vidas. Sin brújula.

Greta saldrá del bosque como Sarah del laberinto, como todos tarde o temprano: igual pero cambiada. Sarah le dará su oso de peluche a su hermanito y Greta dormirá a su niña interior con la melodía de su caja de música. Para ella, ha llegado el momento de escuchar una canción diferente.

 

El guardián invisible

El peso de la tradición

En los créditos finales de El guardián invisible la  música de Fernando Velázquez calla y sólo se escucha el rumor del río, el canto de los pájaros, la lluvia. En la llamada Trilogía del Baztán de Dolores Redondo, cuyo primer libro adapta esta película, la tierra, entendida como cuna de gentes y como naturaleza viva, es una protagonista más.

No son iguales los habitantes  de tierras de frío, bruma y largos inviernos que los de climas más benignos ni lo son las historias que se cuentan. El título hace referencia al Basajaun de la mitología vasco navarra, el Musgoso en la cántabra, el Busgosu en la astur: cuando los pastores oyen extraños murmullos, movimiento en las ramas, notas semiolvidadas, saben que es el Señor del Bosque que, oculto entre la niebla y los árboles, mantiene la paz en el bosque. Cuando en la orilla del río en un entorno idílico aparecen niñas asesinadas y el equilibrio se altera, las fuerzas racionales y las que escapan a la razón van a aliarse para restaurarlo.

La historia es una trama policial alrededor de una serie de crímenes en los que las víctimas son adolescentes. Tienen lugar en el valle de Baztán, en Navarra, un entorno cerrado donde todos se precian de conocerse pero todo el mundo puede ser sospechoso. Amaia Salazar, encargada de la investigación, es una inspectora formada en el FBI nacida y criada en la zona. Los crímenes son la punta del iceberg de algo más profundo y que viene de antiguo y sólo sacando a la luz sus propios fantasmas, Amaia podrá resolver lo que está ocurriendo y evitar que siga pasando. La trama criminal se entremezcla con la historia de su propia familia. Un matriarcado en el que la figura poderosa en la sombra es una madre que obliga a enfrentar un concepto incómodo: el amor materno incondicional se da siempre por supuesto,  el odio ni se plantea.

Que la trilogía llegara a las pantallas era sólo cuestión de tiempo visto su éxito. A la hora de trasladarla a la pantalla hay que señalar que los derechos cinematográficos los tenía Peter Nadermann, productor de Millenium, y Dolores Redondo se encargó de llevarle al valle de Baztán y convencerle de que ese era el entorno ideal para el rodaje. En palabras de la autora, la atmósfera opresiva es tan importante en la historia como la protagonista, Amaia Salazar. La lluvia constante y la oscuridad eran imprescindibles para darle ese aire que por momentos recordara a Seven (1995), El Cuervo(1994) u Obaba (2005).

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Con todo esto Fernando González Molina ha hecho una película eficaz como la novela. Virtud del director navarro es encontrar el clima idóneo para contar lo que tiene entre manos y lo hizo en sus anteriores películas: Fuga de Cerebros (2009),  Tres metros sobre el cielo (2010), Tengo ganas de ti  (2012), Palmeras en la nieve (2015). Es meritorio por ejemplo, que esa atmósfera agobiante que menciona Dolores Redondo se mantenga incluso en los planos generales por los que siente predilección. Él no escribe los guiones sino que adapta y es que, según dice, todos los lugares son legítimos para encontrar historias.

Autora y director han constituido  un tándem perfecto a la hora de poner en imágenes las palabras. Rodada en los espacios naturales, con director y elenco mayoritariamente de la zona, El guardián invisible película, en un curioso guiño propio de la misma historia, protege las raíces de las que nace mientras trata de situar algunos elementos que le confieran cierta  personalidad. El reparto es una de ellas.

Amaia Salazar es un personaje atractivo porque no es perfecta y por momentos puede resultar incluso antipática. Se equivoca, duda, comete errores. Busca pruebas, elabora informes,  pero escucha atentamente la lectura de cartas de su  tía Grasi y la primera vez que aparece la vemos cerrar los ojos y extender su mano con la palma hacia abajo sobre el cadáver: Amaia no cierra ninguna puerta, no todo está en lo que el ojo ve y el oído escucha y Marta Etura es la encarnación ideal de su fuerza y fragilidad, raciocinio e intuición.

Ocurre lo mismo con el resto del reparto. Junto a actores de largo recorrido como Elvira Mínguez, Pedro Casablanc o Francesc Orellá trabajan rostros menos conocidos pero competentes como Itziar Aizpuru, Carlos Librado o Benn Northover.

En cierto momento uno de los personajes dice que cuando todo te falla vuelves a la tradición y el elemento mágico es parte de la historia, en lo literario  y en la película. En el guión hay varios momentos en los que se hace referencia al Basajaun pero la espléndida fotografía de Flavio Martínez Labiano, colaborador de Jaume Collet Serra, y que también estuvo a cargo de la sombría Los Cronocrímenes, es perfecta para sugerir y finalmente dar entidad a la mítica figura en un controvertido plano final en el que el director decide jugársela.

Los envites arriesgados merecen al menos una mirada al motivo por el que se hacen: para quien esto escribe es más fácil de concebir la existencia de un sobrenatural guardián invisible con sentido de la justicia que la muerte de niños a manos de quienes deben protegerles. Si la realidad obliga a creer una cosa, no está mal que la ficción al menos obligue a creer otra.

Más allá de la calidad de novela y película la opinión de estas líneas es que ambas se equilibran. Es reseñable que una historia con un costumbrismo tan local y concreto haya trascendido. También lo es el cuidado con el que la película se apropia de detalles haciendo que en la pantalla cobren mayor significado: la lluvia pertinaz, el sonido de la txalaparta, el silbido del Basajaun, la mortaja de harina, unos zapatos rojos en la cuneta…

El guardián invisible no pretende mucho más que entretener y lo hace con dignidad: en los “productos” destinados a consumo masivo no suele abundar la identidad propia y aquí la hay.

 

Aves de paso

El día que la vida no fue difícil.

Si hay un director contemporáneo que sabe como nadie poner la cámara a la altura y al servicio de la mirada infantil es Hirokazu Kore eda. Hace unos años, en Kiseki (2011), contaba la historia de dos hermanos afectados por la separación de sus padres quienes, pese saber que los adultos actuaban por su bien, consideraban que la decisión tomada no era la correcta y obraban en consecuencia.

Si había algo que distinguía especialmente esta película era el profundo respeto que el director japonés mostraba por la infancia.

Y si hay algo que distingue Aves de Paso (2015) de Olivier Rangier y  que hace que sea algo más que una película infantil, algo más que una aventura para ver en familia, es ese mismo respeto.

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El día que Cathy cumple diez años, su padre le regala un huevo en una incubadora con el encargo de cuidarlo.  Cuando el patito rompe el cascarón, los adultos consideran que ni Cathy ni su amiga Margaux pueden hacerse cargo de él y toman una decisión con la que ninguna de ellas estará de acuerdo. El firme propósito de hacer lo correcto hará que las dos niñas se embarquen en una peripecia en la que todos aprenderán algo sobre sí mismos.

Aves de paso es una inesperada película dirigida al público infantil con la atención puesta en el hecho de que su potencial audiencia piensa, siente y tiene opinión. Por esto mismo es verdaderamente interesante darse cuenta de lo que no es y lo que no hace. No es sensiblera ni condescendiente, ni apela al sentimentalismo ni a la lágrima fácil. No enfatiza, no sube el volumen de la  música para emocionar. Lo que sí hace y no es poco, es aguantar y devolverles la mirada, franca y directa, a sus jóvenes protagonistas

Las aves de Olivier Ringer son de paso y no por casualidad. Sus plumas son las justas para sentirse protegidas mientras sea necesario, sus miembros irán ganando fuerza, aprenderán a moverse sorteando las dificultades que se les presenten hasta que un día, antes quizá no ya de lo que se espera sino de lo que se desea,  haya que verlas alejarse desde la orilla.

Como perros salvajes

El estilo samurái

En los primeros minutos de Como perros salvajes (Dog eat dog), Mad Dog  (Willem Dafoe) está en una habitación de color rosa tan intenso e irreal que, teniendo en cuenta el estado mental del personaje, se llega a dudar de que sea así tanto como de que la luz del baño sea intensa e irreal… pero azul. Después de que la realidad confirme la viveza de la gama cromática y no solo en esos tonos,  la siguiente escena resulta estar en blanco y negro.

Superado el posible desconcierto, no solo se revela una gran presentación de personajes: si Mad Dog parece surgido de Requiem por un sueño,  Troy (Nicolas Cage) querría pertenecer a El Sueño Eterno, sino que el cambio inesperado da el tono de una película en la que poco o nada va a discurrir como se presupone. Y pocas cosas más gratificantes para el espectador y crítico sin complejos que descubrir que un director de largo recorrido tampoco los tiene.

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Paul Schrader no vive de glorias pasadas. Para esta película no consiguió el dinero suficiente que le permitiera una gran producción. Se llevó el rodaje a Cleveland y dijo a su equipo que lo bueno era que podían hacer lo que les diera la gana y que sólo había una regla: que no había reglas.

Y se lo tomaron en serio.

Como perros salvajes, sórdida y violenta, es en el fondo una historia clásica de cine negro: tres hombres con pasado poco edificante, una misión que sale mal y una huida hacia delante. Pero entre el arrebatado momento rosa y el tremendo final en medio de una onírica bruma roja, hay noventa minutos de puro divertimento asilvestrado con ansias de volatilizar clasicismos.

Hay una escena espléndida, no solo por lo alegórica, de una conversación a tres bandas en una sala de billar. A esas alturas el espectador sospecha que el taco del destino va a jugar con los protagonistas hasta encontrar para cada uno su propio agujero. Mad Dog, Troy y Diesel (Christopher Matthew Cook) son escorpiones encima de ranas intentando cruzar a la orilla de otra posible vida pero que no pueden luchar contra su naturaleza. Cuando se explica que el trabajo que van a llevar a cabo será a todo o nada, victoria o muerte “estilo samurái”, a la pausa que sigue para saber si se ha entendido el concepto, la respuesta es “Jackie Chan”.

Pues ese es el espíritu de la película.

Schrader se lo pasa bien detrás y delante de la cámara y, si el paternal gangster que interpreta tiende la mano a Troy y sus chicos, como director se la tiende al patio de butacas esperando saber si hay trato o no y si queremos  compartir con él su particular momento epicúreo. Estrechársela es abandonar prejuicios y contagiarse de la diversión que debió ser el rodaje.

Hay grandes momentos en Como perros salvajes. Si el principio es un regalo para Willem Dafoe, el final, con una sorprendente elipsis que da para otra película, está a la altura de un inmenso Nicolas Cage y ambos, actor y director, se resarcen de su anterior colaboración, la sosa por convencional Caza al terrorista.

Hay muchos detalles en Como perros salvajes: la escogida banda sonora, las letras mal puestas en un falso coche de policía, los trajes de Troy, un enorme colgante con la palabra “happy”…

El señor Schrader es bueno en su oficio pero aquí además se ha sentido feliz y libre y que un director se desmelene de esta manera con Nicolas Cage a los mandos, al menos desde estas líneas, es motivo de celebración.

Ana I. Álvarez Gª

La tortuga roja

La gran belleza

Hay un artista ruso, y no es el único, que se dedica a tallar miniaturas en la punta de un lápiz. Parece mentira el grado de detalle en algo tan pequeño, lo delicado y frágil que resulta, pero todo el tiempo y la atención dedicados a algo tan aparentemente fútil, viendo el resultado, compensa.

Con el mismo arranque que Kubo y las dos cuerdas mágicas, un mar embravecido contra el que lucha su protagonista, La tortuga roja es una filigrana de animación tradicional a años luz del colorido, el ritmo enloquecido y la sobrecarga de diálogos de otros títulos animados. Aquí la palabra no es necesaria, la banda sonora es sutil y sus imágenes se deslizan por la pantalla con la suavidad del agua del mar en la orilla.

Como si su autor hubiera utilizado uno de esos lapiceros que ya llevan tallado en el grafito la fineza, la elegancia y la pulcritud.

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Michael Dudok de Witt responde con creces a la confianza que desde el estudio Ghibli pusieron en él cuando le pidieron permiso para distribuir su cortometraje, Father and daughter, y le ofrecieron producir su primer largo. Se cuenta en éste la historia fuera del tiempo, entre lo real y lo onírico, lo tangible y la magia, de un nuevo Robinson Crusoe a quien un singular encuentro con una tortuga cambiará su forma de vida y de enfrentar su soledad.

Si es sencillo el núcleo de la historia, igualmente limpio, a medio camino entre Ghibli y Hergé, es el trazo que de Witt emplea para contarla aunque no deba en ningún caso confundirse la simplicidad con el descuido. La desnudez del relato no impide que la historia contada en La tortuga roja sea compleja y rica en interpretaciones, y la del dibujo que abunden los momentos de enorme belleza: las sendas que abren los pasos en la hierba, la línea del horizonte en una botella, una mano que se zafa de la protección de otra para protegerla a su vez, un baile crepuscular al compás de las olas… y cada espectador sensible a su hechizo tendrá otros tantos.

Desgranar viñeta a viñeta (perdón, plano a plano) la construcción de La tortuga roja es un placer sólo comparable a descubrirla.

 

¡Canta! El “poder” de la música

Allá por el 2007 llegó desde Sundance una pequeña gran película de esas que se quedan en el recuerdo de quienes la han visto. Una historia de amistad infantil en los ochenta que podía parecer mil veces contada pero resultaba ser diferente, especial y divertida. El hijo de Rambow se inspiraba en Acorralado tanto como en Cuenta Conmigo y su director, Garth Jennings, venía de atreverse dos años antes con la adaptación de un manual de culto, La guía del autoestopista galáctico,  sin fastidiarla.

Añadiendo a esto una nominación a los Grammy por dirigir un vídeo de los poco convencionales  Radiohead, cabía pensar en que la incursión de este director en el cine animado, antes de verla, tendría al menos la singularidad como aliada.

Después de verla lo que cabe es reflexionar sobre esa singularidad.

El koala Buster Moon, dueño de un teatro, intenta evitar la ruina convocando un concurso estilo “La Voz” al que se presenten cantantes anónimos que tengan ritmo hasta en el latido cardíaco. Si la música era la coartada para que el cine hiciera el resto, el  resultado contraría la premisa de partida.

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Lo que hace Garth Jennings, eso sí,  es reservarse la criatura más original. En el mejor personaje escrito para un camaleón desde Rango, y aun perdiendo en la comparación, la señora Crawly con su ojo de cristal y su leve Parkinson, hace entrañablemente cómica la torpeza que dan los años y atesora lo que de sí podía haber dado la película. Ella y Gunter, el cerdo alemán hiperactivo, rompen el encorsetamiento del resto de figuras recortadas contra fondos impersonales y destacan entre la uniformidad que envuelve historia y personajes: todos diferentes pero todos extrañamente iguales. Extrañeza tanto más justificada cuando la publicidad de ¡Canta! presume de tener los mismos creadores de Gru, mi villano favorito, que trajo al mundo de la animación la más amplia galería de personajes canijos, amarillos, todos iguales y sin embargo, todos diferentes.

Lo que haya podido pasar para que la combinación de director y estudio no esté a la altura de sus individualidades se escapa a quien esto escribe. ¡Canta! resulta ser  colorida y vistosa pero acaba por entretener solo a ratos. La música se apodera del metraje y el exceso de canciones más que paliar agrava el hecho de que poco más hay que rascar. No obstante su poder hace de las suyas en ciertos momentos , a saber: la construcción del teatro después de la, todo hay que decirlo, vistosa secuencia de su destrucción es más significativa si se escucha Under Pressure (David Bowie); el susto de despertarse es más gracioso si es a ritmo de Wake me up before you go go (George Michael); la turbación al oír cantar a Meena no viene de la expresividad de su gesto, sino de las notas de Hallellujah (Leonard Cohen)

Convertida en involuntario homenaje a la masacre que 2016 ha hecho en el mundo de la música, ¡Canta! rehace su valor pasando de ser película de animación a singular  vídeo de larga duración en el que cada quien encuentra su momento para lanzar gorgoritos, pero no es probable que fuera la intención de Garth Jennings que de su película,  a menos que venga con karaoke, antes que comprarse el blu ray sea más apetecible hacerse con la banda sonora.

Éternité. Eternity (de Calvin Klein)

Hay ocasiones en las que una película se presenta como una pendiente casi vertical, tan brillante y pulida que no presenta ni un solo asidero. Remontarla es prácticamente imposible, a menos que se usen crampones.

Sin apenas diálogos, con una voz en off que acompaña las imágenes y la constante compañía de un piano cuyos repentinos (y escasos) silencios sorprenden por lo imprevisto, la última película de Tran Anh Hung se desliza a través de la vida de tres generaciones de mujeres de una familia y más que de mujeres, de las madres de esa familia.

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No obstante la buena producción y el elegante uso de la elipsis, la manera escogida para contar esa historia es una sucesión de escenas melifluas y almibaradas que se desarrollan en ambientes recargados hasta el paroxismo, con el mismo ritmo y contenido que los anuncios de perfume: Anaïs AnaÏs, Amor Amor, Eden, y, por supuesto, Nenuco.

Nada pour homme: a ellos (pobres) hay que aceptarlos tal cual, bastante tienen con serlo.

Y es que Éternité, que se cree exclusiva, es excluyente. La mirada de Valentine, la sonrisa de Mathilde, la serenidad de Gabrielle (Audrey Tautou, Mélanie Laurent, Bérénice Bejo sin mácula y sin despeinarse) muestran una irritante condescendencia a todo lo que no es su modo de vivir la condición de mujer: el amor como devoción, la maternidad como sacrificio, abnegación y única razón de ser.

Tremendamente injusta, acaso el material literario de partida también lo sea (L’élégance des veuves de Alice Ferney) no se puede pensar al verla en un ejercicio de homenaje a las madres, ni es excusa la contextualización histórica, dado que se complace en llegar hasta nuestros días y el estricto matriarcado se mantiene sin evolucionar: nacer, crecer, casarse, ser madre; y ordenando: amarás a tus hijos, más a tus hijas; sufrirás si entierras a alguno, más si entierras a alguna y más si una hija tuya no va a tener descendencia. Si no tienes hijos, morirás sola, si los tienes es posible que también, pero con la satisfacción del deber cumplido. Ni un atisbo de libertad en ese destino escrito. A un arrebato de indignación infantil culpando al padre de lo ocurrido a la madre, le sucede un nuevo matrimonio y una mesa repleta en la que dos personajes y una mirada informan de que se perpetúa el ciclo.

Se podría mencionar alguna escena aislada que evite la total asfixia: una hermosa declaración por parte de uno de los (pobres) maridos, quizá porque el piano callaba y la muerte de ese mismo personaje, quizá porque se abandona el mundo Cacharel para rodarlo a lo Light Blue (de Dolce y Gabbana)

Pero inmune a lo negativo que se pueda decir de ella, ni un clavo de los crampones le hace mella. La película se complace en gustarse, se contempla admirada en su superficie pulida hasta hacerla espejo, se retroalimenta y verbaliza en boca de uno de los personajes lo feliz que es.

Lo malo para quien no lo es tanto después de verla, es que queda impreso en la retina cada fotograma publicitario y en cada célula olfativa el imaginado pandemónium de aromas empalagosos. Quien esto escribe piensa con un punto de malicia que esos cientos de descendientes que, nos dicen, hay de la primera pareja irán decreciendo indudablemente en las siguientes generaciones y respira profundo al recordar, en cuestión de perfumes, su predilección por Aire (de Loewe)

Villaviciosa de Al Lado. Si me das a elegir

Si bien la comedia es un género idóneo para hacer crítica social, no es menos cierto  que es muy difícil calibrar desde el papel los resortes idóneos a pulsar para que primero, llegue al máximo número de gente posible y segundo, ese máximo número de gente equivalga a un éxito. De hecho, hay éxitos estrepitosos que no se explican y grandes comedias que, inexplicablemente, no triunfan. Lo que hace reír a cada uno es muy personal,  lograr universalizarlo poco menos que un milagro y vilipendiarlo, si no coincide con el humor propio, muy fácil.

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Después de Perdiendo el norte en la que ponía de relieve una realidad de la juventud española desmitificando esos programas de “Personas de un país y/o comunidad autónoma por el mundo”, García Velilla viene a ilustrar los datos de las encuestas que revelan las dos caras, no sólo de este país sino del mundo, pero en concreto sí, de este país. Una cosa es lo que se dice, otra lo que se piensa y, aunque queramos ser el entrañable pueblecito del (ñoño) anuncio de la Lotería Nacional de este año y aun sabiendo que generalizar siempre es un error,  una biopsia del tejido humano de nuestro territorio (no sólo rural, también urbano) daría datos parecidos a los de Villaviciosa de Al Lado. Con dinero de por medio, ni valores, ni creencias, ni ideales, ni principios, ni ética, ni honradez son inamovibles. No nos diferencian. Pueden cambiarse.

El amor no es lo que mueve el mundo, la letra de la rumba que da título a la crónica no es verdad, el día del sorteo si no toca el Gordo, no es cierto que lo importante sea la salud y definitivamente  no, si toca lo mejor no es compartirlo.

La premisa de la que parte Villaviciosa de Al Lado ya es ingeniosa de por sí: el Gordo de la lotería cae en un pequeño pueblo pero como las participaciones premiadas son del burdel, cobrarlo se convierte en poco menos que imposible con las mujeres de los agraciados en perpetua vigilancia. Hipocresía, doble moral, avaricia, soberbia, envidia… el catálogo de vicios capitales es inacabable, como el talento del estupendo reparto coral que defiende sus personajes haciendo olvidar al público que son arquetípicos.

Afinando un poco el humor de brocha gorda de sus primeros largos, (Que se mueran los feos ya dolía desde el título) y trabajando para mantener el ritmo y que la potente chispa inicial no se apague,  García Velilla hace que en Villaviciosa… convivan el chiste escatológico con el sutil, que alguien sea “el tonto del pueblo” no ofende más que que sea “neo rural”… y, a juzgar por las risas, incluyendo las propias,  la convivencia es feliz.

En esto del humor, como se apuntó al principio de esta crónica, lo personal manda y, si bien para quien esto escribe hay mejores autores de comedia que García Velilla y este año mejores comedias por las que manifestar predilección, es de ley reconocer que, si me dan a elegir, tanto en el género como en la trayectoria del director, Villaviciosa de Al Lado no es mal lugar para quedarse.

The Neon Demon. El amargo don de la belleza

Desde la presentación por parte del autor, con sus iniciales marcando los créditos, hasta el agradecimiento final, entre otros, a Alejando Jodorowsky,  Nicolas Winding Refn deja bien claro que estamos ante una película poderosamente personal. Y ya desde la primera secuencia el espectador tendrá que empezar a posicionarse.

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Aún sin conocer sus primeras películas y aunque Drive fuera un éxito más claro, viendo Sólo Dios perdonaThe Neon Demon, no  parece que a Winding Refn le interese la tibieza. Busca reacciones viscerales y a fe que lo consigue. The Neon Demon horroriza o fascina, no hay término medio, si bien es posible que los extremos se toquen y, pese al horror, como le ocurre a quien esto escribe, la fascinación gane la partida.

De belleza formal innegable y las escenas justas para contarla (tanto más seductoras cuanto perturbador es lo que muestran), la  historia de The Neon Demon es provocadora, oscura y perversa. No hay lugar para la inocencia ni la sensiblería, ni piedad para los personajes sometidos a una implacable pulsión de muerte. Bienvenido sea el espectador a un reino de cuento cruel sometido a la más terrible tiranía. Las emociones  y los sentimientos son objeto de mofa, la perfección física es Lo Único. Las frases se sueltan como piedras en una lapidación, ¿Quién está feliz con cómo es? ¿Cómo es entrar en un lugar donde es invierno… y tú eres el sol? ¿De verdad es así como quieres ser? Quizá eres tú quien debería marcharse…

Elle Fanning, lejos de su zona de confort como Keanu Reeves de su imagen de galán, encarna a una nueva Afrodita recién llegada a un frío lugar sin alma donde todas son diosas, y que tendrá que demostrar que es digna de tal título antes de que unas particulares Cloto, Láquesis y Átropo que le siguen los pasos, (Jena Malone,  Bella Heathcote y una fascinante Abbey Lee) encuentren la menor oportunidad de cortar sus hilos.

Como si hubiese pasado a través de La Cámara Sangrienta de Ángela Carter, NWR reescribe un cuento clásico transformándolo en una American Horror Story. Espejito, espejito ¿quién es la más bella? Y si la respuesta no es satisfactoria, no sólo querré devorar el corazón de la hermosa doncella, sino que haré añicos el espejo en la esperanza de que, para empezar, se corte y brote la sangre…Y es que la sangre es el precio pero, atención a quien se lo cobre porque no queda exento de pago por ello. Para quien sobreviva al mefistofélico pacto quizá sólo reste una eterna travesía del desierto.

El inmortal verso de Lord Byron “Oh tú, que tuviste el don fatal de la belleza “ es el mejor epitafio posible, si hubiera lápidas en la que grabarlo.