No sé decir adiós, de Lino Escalera (España, 2017)

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   Hay películas en las que el fino hilo que nos hace estar atentos a su desarrollo es la iluminación, en otras es el acierto de la banda sonora, y en muchas, la mayoría, lo que prevalece es la sucesión de anécdotas contadas con mayor o menor acierto. No se si existen películas donde la puesta en escena la deciden los actores con su movimientos, gestos o miradas, pero en ésta, gracias al protagonismo de tres grandes cómicos, la labor del director ha debido que ser mas fluida de lo habitual porque cuando en un reparto se dispone de actores tan en la cima de su profesión, decidir dónde poner la cámara, es solo cuestión de poner atención a su talento.

‘No sé decir adiós’ se abre cuando Carla (Nathalie Poza), recibe la llamada de su hermana Blanca (Lola Dueñas) comunicándole que José Luis (Juan Diego), su padre, al que hace años que no ve, está muy enfermo. Carla viaja de inmediato a su ciudad natal, que abandonó hace años, de la misma manera que hizo con su familia y, por lo que se se vislumbrará en secuencias posteriores, también a si misma.

Esta es una película contenida, como la mayoría de los últimos estrenos de género dramático, pero con la excepcionalidad de adaptarse a nuestra cultura ya que aquí si que hablan los protagonistas, no estamos ante el hieratismo de Casey Affleck, en Manchester by the sea, ni ante el violento silencio de Trevante Rhodes en Moolight, ni siquiera ante la misteriosa intranquilidad de Valerio Mastandrea en la cercana Felices sueños.

Nosotros hablamos, farfullamos o musitamos de costado, es nuestra manera, como pueblo mediterraneo de lidiar con la parca. Para paliar la ansiedad del contacto ante la muerte, ante el vértigo del desamparo final, parloteamos de lo cotidiano, ahondamos en lo estereotipado, socializamos dando rodeos.

juan diego

Solo hay una pequeña grieta en la película, aunque con mucha luz, que intenta desbaratar mi argumento. Al trasladar a Jose Luis del hospital a su casa, después de darle la mala noticia de su enfermedad, su hija Blanca, la protagonista menos contaminada por la soledad, la única que parece tener un sueño en ese ámbito familiar tan austero (quiere ser actriz, no actriz aficionada, quiere ser una actriz de verdad), se sienta en el sofá con su padre, que mira con desgana imágenes en el televisor, para hablar con él.

Blanca se desliza con cuidado en una equina para iniciar una conversación en la que abordar los sentimientos mas íntimos que pueden estar rondando la solitaria cabeza de Jose Luis; sin embargo, éste, afectado por esa inteligencia intuitiva de los que saben de la cercanía de su destino, elude esas preguntas y las torna en la única catarsis que se permite el director en la toda la narración del film.

El progenitor, hábilmente, distrae la pregunta con una anodina charla sobre un programa televisivo de viajeros por el mundo; al final de su intervención, una sonriente mirada al televisor va a revelar su oculto deseo de viajar, de la misma manera que Blanca, pocas secuencias atrás, le confiaba en secreto a su hermana, su anhelo de irse a Madrid a ser actriz.

Diego y Dueñas enel sofa

Este juego de esquinar la realidad no solo ocurre en los dialogos; las reveladoras miradas de los actores tampoco son filmadas frontalmente; Lino Escalera elige siempre el escorzo para evitar mostrar en toda su amplitud la frustración de los ocultos sentimientos de los protagonistas. Excepcional relevancia adquiere la secuencia en la que Jose luís, tumbado de lado en la cama del hospital e inmerso en una onírica oscuridad, le confiesa la más trascendental y cómica anécdota de toda la película a su otra hija, Carla.

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Sería muy injusto que no hiciera mención a la prodigiosa interpretación de Nathalie Poza, repleta de mucho más hieratismo, violento silencio e intranquilidad de alma, que los famosos actores foráneos comentados anteriormente; es tan genial su interpretación en la cinta, que el espectador más calmado, no creo que pueda evitar una mínima opresión al brazo de su butaca, en algún momento del film.

En el primer párrafo hablaba de la autoría fílmica de los actores, pero también hay caligrafía propia del director. No es muy llamativa pero si que deja ver algunos rasgos personales. Utiliza un tiro de cámara que está un poco por debajo de la altura de los actores, y en muchos momentos se sitúa detrás. Con estas dos acertadas opciones, Lino Escalera, parece querer esconderse pudorosamente tras sus personajes y mirarlos desde abajo cual niño que se agazapa ante lo que le da miedo, o desde atrás como parapeto para que al espectador no le llegue del todo la bofetada de realidad de un relato a punto de estallar.

 

Por Antonio Sánchez García

 

 

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