Rara

El precio de la diferencia

Hasta ahora contábamos con muy pocas versiones fílmicas normalizadas de la maternidad en una pareja femenina, caso del tercer segmento de “Mujer contra mujer” (2000) y de “Los chicos están bien” (2010). Por su parte, en la más reciente “Carol” (2015) resultaba paradigmático el sacrificio de la faceta materna para salvaguardar la identidad sexual de su protagonista. Al margen de Hollywood, la chilena “Rara” aporta una moderna visión del tema como especial telón de fondo.

En su ópera prima en la dirección, Pepa San Martín, que también suscribe el guion, ha declarado que se inspiró en el caso real de la jueza chilena Karen Atala, que en 2003 perdió la custodia de sus hijas por vivir con una mujer, si bien de forma deliberada ha huido de una narración reivindicativa criticando abiertamente la homofobia. Precisamente una de las fortalezas del relato reside en su apuesta por alejarse del dramatismo de la marginalidad en la que tradicionalmente el cine ha enmarcado a los personajes de orientación no heterosexual y abordarlos sin ningún complejo por ello. De este modo, sin perder su carácter testimonial por el hecho distintivo en sí, ha expandido su alcance al no limitarse a una historia sobre prejuicios y sus consecuencias.

Los créditos iniciales de la película, con leves cambios de grafía en cada nombre que vuelven a su ser ortográfico reglado, apuntan la singularidad que en todos nosotros reside. Su arranque contiene, asimismo, otra de sus claves: con el plano secuencia inicial en el colegio y con su escena posterior, de regreso a casa, se revela el punto de vista neurálgico de “Rara”, que nos interna en el microcosmos vital de Sara, de doce años, alternando su personal paso por el universo juvenil que la rodea y su dejarse llevar por el mundo de personas mayores del que aún depende.

Junto a su hermana pequeña Cata, Sara reside con su madre divorciada y su actual pareja femenina en armónica convivencia, mientras periódicamente visitan la casa de su padre y la mujer de este, en el que aparenta ser un educado y respetuoso intercambio parental aceptado por ambas partes.

En formato casi de road movie, alejada de cualquier maniqueísmo, la película irá mostrando sin estridencias, desde los gestos cotidianos, el contraste de temperaturas de hogares –frente a la calidez del materno, la rigidez del paterno- y de actitudes vitales de las menores ante la situación familiar –frente a la todavía ingenuidad del paraíso infantil de Cata, la inquietud creciente de Sara-.

La cámara, sin dejar de observar a la observadora Sara, a veces sin necesidad de revelar lo que mira, irá recreando su vulnerabilidad adolescente, donde las inseguridades de la edad y la asimilación de los códigos adultos condicionan la percepción del habitual entorno. Por eso será tan permeable a la naturalidad con la que sus madres manifiestan su vínculo como a los recelos que esto suscita, con lo que asistiremos a su naciente incomodidad interior, agravada por la experiencia de quien se siente obligado a ver su diferencia como un estigma.

Sara no será consciente del poder que puede darse a unas palabras. Al igual que en las adaptaciones cinematográficas de “The children’s hour” un malicioso rumor infantil se volvía devastador, una rabieta de inconformidad que transmite a su padre marcará un punto de no retorno en el futuro de sus dos familias, dando alas a su progenitor masculino para iniciar una batalla judicial en la que conseguir la custodia de sus dos hijas. De este modo, una ola distorsionada será capaz de generar un maremoto imparable en el equilibrio de relaciones hasta entonces imperante.

Gracias a la verosimilitud que transmite todo el reparto, con especial mención a la espontaneidad de las debutantes Julia Lübbert (Sara), volcán en erupción contenido, y Emilia Ossandon (Cata), pura inocencia, los efectos del conflicto nos llegarán con una mirada plenamente humanista, siendo tan elocuentes los silencios como oportunas las elipsis. Incluso la subtrama de la gatita encontrada se terminará articulando como una metáfora de la importancia de un hogar donde ser queridos y considerados.

La convención circula por accesibles caminos trillados, mientras que lo atípico a menudo debe pagar temporalmente un precio que lo equipare. Sara provocará, involuntariamente, que se le cobre su primer peaje. Con este desplazamiento del epicentro de la acción, del personaje adulto real que la inspiró, a la intimidad de una menor en tránsito, Pepa San Martín ha conseguido una película mucho más inclusiva y universal a favor de la igualdad que cualquier otra de marcado carácter militante.

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3 thoughts on “Rara

  1. Ana:
    Me alegro que Jordi sugiriera que escribieras esta crítica, acertó desde luego. Maravillosa. Habrá que verla. Muchas gracias.
    Abrazos,
    Pilar

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  2. Muchas gracias a ti, Pilar. Palabras como las tuyas animan en la nada fácil tarea de la crítica de cine. Pues calificar una película con unos pocos adjetivos es sencillo, pero articular un discurso coherente en torno a nuestras impresiones sobre ella, como bien sabes, es otro cantar.

    Por otra parte, el proceso de tener que analizar un largometraje o leer un análisis ajeno, muchas veces te revaloriza la historia vista al permitirte traspasar las primeras percepciones y ahondar en ella.

    Un placer el haber compartido experiencia gracias a las clases de Jordi 🙂
    Recuerdos y besos.

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