Bella Durmiente: Vanguardia

Pareciera que transitáramos tiempos de desapego y que ya sólo pudiéramos recurrir a la memoria para volver a emocionarnos. Sumémosle a las particularidades de nuestra época los avances tecnológicos y, concretamente, en lo que nos acomete, las posibilidades digitales de la imagen y podremos entender acontecimientos como Cenicienta (2015), El libro de la selva (2016) o La bella y la bestia (2017). Lejos de pretender enjuiciarlas o desestimar sus posibles hallazgos, funcionan como ejemplo de esa apelación a la nostalgia y del uso a toda costa de las nuevas herramientas como único elemento de revisionismo.

Sin embargo, Bella Durmiente nos propone la posibilidad de seguir soñando sin esa necesidad de utilizar la memoria emocional como materia de reciclaje sino como una inevitable fuente de inspiración para la imaginación. Quizá es ahí donde resida la virtud mayor de la película, Arrieta se cree el cuento que reinventa. Lo enmarca esta vez en un reconocible siglo XXI y lo pone al servicio de ese joven príncipe insurgente, que observa la realidad de otra manera. A través de él y de las fábulas que Gérard Illinsky, su tutor, le cuenta, y que veremos en forma de flash-backs, nos podremos adentrar en un mundo de fantasía solo al alcance de quienes quieran encontrarlo. Y ese mundo, como la vida, vendrá acompañado de humor, de torpezas y de belleza. Y también de una posible historia de amor no resuelta entre Egon y el hada Gwendoline que, lejos de funcionar como motor de la historia, subyace en la película como un elemento incierto, casual y orgánico. El director compone una estructura narrativa poco convencional, donde el clímax se verá construido sobre una larga secuencia de inmersión, en la que contemplaremos, como turistas ante ruinas vivientes, ese extraño mundo hechizado, que pareciera una perfecta performance conceptual y reveladora.

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Cuenta Adolfo Arrieta que la iluminación, el color e incluso el encuadre, con los que genera esa atmósfera entre realista y fantástica, se trabajó en gran medida en la sala de etalonaje y efectos, exprimiendo al máximo esas posibilidades del digital que acercan, dice, el cine cada vez más a la pintura. Muy al contrario que el legítimo uso de esas herramientas como puro valor de producción, Bella Durmiente dibuja una esperanza hacia las posibilidades estéticas y artísticas del cine pequeño o de modestos presupuestos, donde el riesgo o el radicalismo de la mirada del autor, podrán verse materializados en formas cada vez más heterogéneas.

Eduardo Tejada.

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