La luz entre los océanos (2016)

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Estética indie para afrontar el melodrama desbocado


El melodrama es deseo, por lo que su fondo es transgresor por definición. Además, cuando la puesta en escena opta por el exceso, la transgresión también aparece en el plano formal. ¿Es la actual una época de mesura autocensora y castradora corrección política, o, simplemente, estos valores simplemente fluctúan, sin llegar a desaparecer jamás? Si se aplica la primera opción, se podría explicar por qué La luz entre los océanos (Derek Cianfrance, 2016) ha causado tanto rechazo, pero la perspectiva histórica saca a relucir que no es precisamente el primer caso de melodrama que recibe un ataque visceral por parte de la crítica –el cine de Douglas Sirk dio buena cuenta de ello en su época. Quizás sea una simple cuestión de riesgo. Saltarse las normas saca de la zona de confort a quien observa, que no suele reaccionar de manera positiva cuando se le ofrece algo que no espera. Al igual que ocurrió recientemente con El nacimiento de una Nación (Nate Parker, 2016), la nueva cinta de Derek Cianfrance es una apuesta total por aquello en lo que el autor cree. Aquí no hay cabida para la mesura, para el cumplimiento de los acuerdos extraoficiales de realización firmados entre realizador y público, y, por incomprensible que parezca, cuando un creador se atreve a caminar por la cuerda floja, cuando retira la red de seguridad, cuando se entrega de lleno a su obra y, por consiguiente, a su público, este último, en vez de aumentar su expectación y valorar su valentía, ataca su visceralidad y su falta de mesura, lo que no es otra cosa que repudiar su falta de convencionalismo. Ya sea un ciclo o una línea fluctuante con picos y valles de intensidad, lo cierto es que las apuestas totales no suelen contar con el beneplácito de la audiencia, que prefiere la impersonalidad de la producción en serie a la singularidad de la rareza.

No sorprende que dos obras abordadas de manera tan similar por sus autores hayan sufrido una recepción equivalente. A diferencia de lo que le ocurrió a Nate Parker, esta vez no ha habido polémica extracinematográfica que haya empañado el análisis de la película, pero esto no ha impedido que a La luz entre los océanos se la haya atacado por idénticos motivos: por su repulsiva visceralidad, por la total ausencia de decoro, por ser un impúdico atraco emocional y por la gratuidad de su preciosista puesta en escena. Al igual que con El nacimiento de una Nación, urge plantearse qué ha ocurrido para que el grueso de la comunidad crítica haya pasado por alto las virtudes narrativas de Cianfrance y se haya centrado exclusivamente en el aspecto negativo del film, hasta el punto de engrandecer sus errores y convertirlos en una colosal bola de nieve que aplasta cualquier florecimiento cinematográfico. La principal sospecha de un servidor acerca de los motivos que han provocado tal reacción es, en efecto, la incapacidad de aceptar que cada película es un nuevo reto y que en la crítica de cualquier arte no hay cabida para las plantillas de análisis prediseñadas.

La luz entre los océanos le genera muchos y valiosos conflictos al público. ¿Era necesaria semejante turbiedad en la trama que narra? Probablemente, sí. ¿Resulta excesivo el tono visceral aplicado? Depende. ¿Es positivo que Cianfrance se asegure de explicar cada uno de los matices de su subtexto? Definitivamente, no. Infinidad de preguntas se agolpan en la mente de un servidor a medida que el extenso metraje de esta irregular obra acontece, y esto suele ser indicativo, si no de una gran película, al menos de una que se atreve a proponer. Cianfrance adapta la novela homónima de M. L. Stedman y la traduce en imágenes de notorio poderío visual, con las que solventa el copioso material que maneja. El cineasta aborda lugares comunes del género -la importancia capital del hogar y del concepto de familia, la existencia de un secreto que amarga la vida de sus protagonistas, personajes que actúan dominados por el deseo, etc.- y los hace propios a partir de su particular manera de entender el melodrama, desde el preciosismo visual y el retrato de unos personajes compungidos hasta la extenuación.

Aunque el metraje no es precisamente escueto –dos horas y quince minutos-, al analizar el discurso de Cianfrance se llega a la conclusión de que se trata de un autor que ha pensado en la manera aligerar la narración mediante un virtuoso uso de la elipsis y la transición. Con un estilo visual heredero del cine indie estadounidense, que en los últimos años ha estado marcado de manera capital por el nuevo cine de Terrence Malick –El árbol de la vida (2011) es el mejor ejemplo-, Cianfrance omite información y define aspectos relevantes pero secundarios de sus personajes en las numerosas escenas de transición que introduce en su obra. Como ocurre en el cine de Malick, estos fragmentos narrativos no terminan de ser una transición pura, pues se narran pasajes de la historia, en los que se intercalan diálogos con voces en off, ni una escena pura, pues la fragmentación del relato en dichos momentos es total y la velocidad con que se exponen no permite el detenimiento que una escena requiere. El resultado es una narración ágil, que se gusta a sí misma pero que tiene motivos para hacerlo, pues el poder narrativo de su responsable permite la transmisión de ideas desde sus imágenes y una notable ligereza expositiva. La única gran pega de este melodrama desbocado que no se avergüenza de serlo, al igual que ocurría con la obra de Nate Parker, es que no confíe lo suficiente en sus imágenes y se asegure de atar todos los cabos mediante un explícito uso de la palabra, lo que no deja de ser irónico, pues, siendo el gesto de peor gusto de esta cinta, es el menos comentado.

Yago Paris

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2 thoughts on “La luz entre los océanos (2016)

  1. Hola, Yago:

    De nuevo, buen texto, excesivo metraje y una “zona de confort”. La primera frase es escueta y precisa -“El melodrama es deseo, por lo que su fondo es transgresor por definición. “- y ojalá hubiese marcado más el tono del resto del texto. Lo que me llama la atención es que hables de estética indie, porque a mí me dio la impresión de que la voluntad de Cianfrance era más bien clásica e incluso demodé en el abuso de los fundidos encadenados.

    un abrazo,

    jordi

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  2. Hola, Jordi,

    Tomo nota de los sucesivos comentarios que me has dejado en cada una de las críticas, pues todas pecan de una extensión excesiva. Pido disculpas, pues en clase lo habías enfatizado varias veces, y me aplico la extensión que sugieres como reto para practicar la síntesis.

    Muchas gracias por tus valoraciones,

    Yago

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