Crudo (2016)

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El discurso de la carne


El cine de autor hecho por y para gente joven suele articularse a través de un entramado formal vistoso, en el que una fotografía de colores intensos destaca como principal seña de identidad. Suele tratarse de un cine veloz, en el que el montaje y los movimientos de cámara protagonizan la función. No se esconde la intención de impactar desde lo visual; al contrario, se muestra a las claras que las imágenes están construidas para atrapar la mirada de quien observa. Esta propuesta, en principio tentadora, con demasiada facilidad convierte la puesta en escena en pirotecnia vacía que confunde el despliegue de recursos técnicos con la elaboración de una narrativa formal. Aunque detrás de las cámaras se coloque una persona con talento para el encuadre y facilidad para la concatenación de planos virtuosos, el verdadero reto está en armar un discurso de fondo que justifique tal despliegue de medios. Crudo (2016) tiene todas las papeletas para caer en la tentación: una autora joven, con evidente talento visual, que habla sobre la juventud en su momento de apogeo dionisíaco –la entrada en la universidad- a través del siempre sugerente género de terror, uno de los más consumidos por el público juvenil, y apoyándose para ello en una historia grotesca que es filmada con una fotografía que promete ser hipnótica. Sin embargo, desde el primer plano, como ya sucedía en No respires (Fede Álvarez, 2016), y especialmente en It follows (David Robert Mitchell, 2014), salta a la vista que la audiencia está en buenas manos. Hay inteligencia en la propuesta y la gratuidad no parece una opción.

Uno de los aspectos que más llama la atención de Crudo es lo relativamente contenida que resulta. La directora y guionista Julia Ducournau teje un turbio relato de autodescubrimiento en el que los fluidos y los colores empapan el fotograma, pero impacta la coherencia interna de la propuesta formal y la manera en que esta siempre atiende a las necesidades de los subtextos que se manejan. La autora demuestra una madurez poco común en una opera prima, a través de la que logra un exquisito dominio de los tempos. La construcción de los planos atiende a su interés por sacar a su público de la zona de confort, pero esto no se alcanza desde un martilleo constante con recursos efectistas, sino desde el certero uso de los elementos que la autora integra en la imagen. Es cierto que hay imágenes que impactan con su mera presencia –disecciones, miembros abiertos en canal, etc.-, pero estas aparecen con cuentagotas y siempre al servicio de la narración. De esta manera es posible tender puentes entre la obra de Ducournau y la de dos autores cuyas propuestas impactan desde la coherencia interna. Mientras desde el punto de vista de la construcción del relato se podría entablar un diálogo entre Crudo y The neon demon (Nicolas Winding Refn, 2016), especialmente en el aspecto más salvaje de sus imágenes y sus subtextos, a la hora de afrontar las obsesiones subconscientes que recorren esta cinta resulta inevitable pensar en la primera etapa de David Cronenberg, probable figura paterna conceptual del proyecto.

El canadiense lleva décadas desplegando un coherente discurso que disecciona la conducta humana a partir de las pulsiones subconscientes de la psique y los impulsos de la carne, y todo ello está presente en Crudo. Analizada desde este punto de vista, la de Ducournau es una cinta que explora el comportamiento de su protagonista, Justine, desde una inicial inocencia, fruto de la represión social y la sobreprotección paterna, hasta una autoafirmación que nace del descubrimiento del deseo sexual –un viaje similar al de Jesse, la protagonista de la cinta de Winding Refn. La autora ata el placer sexual al canibalismo, en un choque de trenes entre Eros y Tánatos que trata de encajar en los moldes conductuales de la sociedad. Para ello, Ducournau expande la odaxelgania, parafilia en la que la persona recibe placer sexual al morder o ser mordida, y la convierte en un impulso incontrolable que desata los instintos más primarios, desde el sexo desenfrenado hasta la conducta zombi. La propuesta está tan milimetrada como el cine de Cronenberg, aunque la puesta en escena es opuesta. Frente a la gelidez y el distanciamiento del canadiense, la exudación de la francesa, que pega la cámara a los cuerpos de sus personajes e inspecciona sin pudor hasta el último rincón de sus cuerpos. Aunque hay cabida para el riesgo y el discurso vuela libre por momentos, se evidencia lo claras que tiene las cosas Julia Ducournau y la manera en que desea contarlas, hasta el punto de que, no contenta con haber trazado un relato redondo, se atreve a ponerlo en cuestión en un giro final inesperado, que es más valioso por lo que propone que por la sorpresa que pueda causar. Con una metáfora inversa acerca de la educación de los padres sobre los hijos –en este caso, tratar de evitar que se repitan patrones, en vez de forzar la imitación-, la cineasta reformula todo lo hasta entonces planteado al añadir una nueva ficha: la de la imposibilidad de cortar la hebra de las Moiras.

Yago Paris

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One thought on “Crudo (2016)

  1. Hola, Yago:

    Muy buen texto. Y además, clarvidente: Croneberg no es un padre probable, sino el padre (y referente) reconocido por la autora.

    No obstante, y perdóname por ser tan pesado últimamente con estas cosas, creo que la crítica sería perfecta y consistente con la completa omisión del primer párrafo, entre otras cosas porque hablar de “El cine de autor hecho por y para gente joven suele articularse a través de un entramado formal vistoso, en el que una fotografía de colores intensos destaca como principal seña de identidad” me parece un concepto forzado y fácilmente rebatible con un gran número de contraejemplos.

    Por lo que respecta al resto, sólo buscaría una manera de sustiuir lo de “zona de confort”, que se está convirtiendo en una fastidiosa expresión cliché.

    un abrazo,

    jordi

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