El nacimiento de una Nación (2016)

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El látigo de terciopelo sigue vigente


El nacimiento de una Nación (2016) es una de esas películas que, desde su creación, están condenadas a que se hable más sobre los asuntos que la rodean que sobre la obra en sí. Sin embargo, dentro de este mercado de la palabrería que es la carrera para entrar en las nominaciones a los Óscars, la de este film ha sido especial, pues no ha dejado de dar noticias con las que obviar el análisis cinematográfico. Todo comenzó con su fulgurante éxito en el festival de Sundance, en el que se alzó con el gran premio del jurado y el del público, ambos como mejor película. Su triunfo generó suficiente revuelo como para colocarla en lo alto de la lista de candidatas de cara a los Óscars 2017, pero a dicha situación se le debe sumar otro factor extracinematográfico: se trata de una película sobre la esclavitud negra en Estados Unidos, que llegó a los circuitos comerciales el año después de la polémica formada en torno al concepto/hashtag “OscarSoWhite” –la reclamación pública de una mayor inclusión de la comunidad negra en dichos premios-. Pero, cuando sus responsables se frotaban las manos ante el inminente éxito, estalló la polémica que socavó toda posibilidad: salió a la luz la implicación de su máximo responsable, Nate Parker –quien dirige, coescribe, protagoniza y produce la cinta-, en un asunto de violación. Sin entrar a valorar su grado de participación ni su culpabilidad, se trataba de un caso demasiado turbio como para que la Academia quisiera mancharse las manos, por lo que, cuando esta información se hizo pública y los implicados no supieron manejar el asunto para salir indemnes, en Hollywood se optó por omitir su presencia. El resultado ha sido un vacío en el número de nominaciones para una cinta que, en otras condiciones, se hubiera colado con soltura en las categorías principales.

Toda esta explicación sobre el fenómeno mediático que ha rodeado a El nacimiento de una Nación es necesario para entender qué ha pasado con esta película, pero sobre todo para poner de manifiesto cuál ha sido el acercamiento más habitual a la misma que se ha dado en diferentes medios de comunicación. Quizás resulte imposible no tener en cuenta estos aspectos para aproximarse al film, pero la idea principal de la crítica es la de analizar la obra cinematográfica en cuestión, sin que la mirada se nuble de polémicas y asuntos que nada tienen que ver con este formato periodístico, especialmente cuando se trata de una cinta que presenta tantos aspectos sobre los que reflexionar. La opera prima de Nate Parker, que asume con destreza el rol de creador total, es, ante todo, su visión personal de un suceso muy concreto. La narración aborda una historia basada en hechos reales, la de una rebelión de esclavos negros en el estado de Virginia en 1831, y lo hace como apuesta innegociable por aquello en lo que el autor cree. Esto, de por sí, ya convierte a la película en interesante, especialmente en una época de mordaz corrección política y autocensura como es la actual, pero no es un pasaporte para la excelencia cinematográfica.

Muchas pegas se le pueden poner a la cinta, y muchas las comparte este crítico –excesivo esteticismo vacío, tendencia al trazo grueso en el retrato de las situaciones, estructura narrativa de biopic al uso, etc.-, pero también habría que darle cabida a sus virtudes. Es cierto que se trata de una obra que apuesta por la ausencia de sutileza, pero, aparte de que resulta imprescindible señalar que Parker en ningún momento promete otra cosa, el problema de la cinta no es su visceralidad, sino su emotividad explosiva de corto alcance. En este aspecto, la comparación de esta obra con otra tan similar y tan cercana en el tiempo como 12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013) es inevitable, y no le favorece. En aquel caso la mano de McQueen obraba para conducir a la cinta por terrenos de complejidad argumental, y lo hacía gracias a su capacidad para transmitir ideas a partir de sus imágenes, y, lo que es más importante, para confiar en ellas. Nate Parker, quizás por la inseguridad del primerizo, sabotea su talento narrativo al plagar su discurso de énfasis, ya sea a través de innecesarias líneas de diálogo o de insertos de imágenes que subrayan las ideas que la escena en cuestión ya portaba. Todo lo malo es responsabilidad del realizador, pero también todo lo bueno, pues, de la misma manera que le tiembla el pulso a la hora de confiar en su talento como realizador, aborda el tratamiento de ciertos personajes desde un enfoque inesperado, como es el caso de la familia blanca comparativamente benevolente con sus esclavos y el destino que esta corre.

El dato de que se trate de una historia basada en hechos reales siempre sembrará la duda sobre si se trata de una decisión plenamente consciente de su autor o de una simple representación de lo que en realidad sucedió; de lo que no cabe duda es de que la historia no se conforma con pasar de puntillas sobre este asunto y lo aborda hasta las últimas consecuencias, a lo que debe añadirse que, en Hollywood, es probable que sólo la mirada de un realizador negro sea capaz de tratar de manera tan inclemente al habitual personaje del esclavista bonachón, figura que normalmente corre una suerte bien distinta en este tipo de producciones. Pero, más allá de la apreciable decisión de representar de manera atípica este tipo de roles, de este tratamiento se extrae una de las ideas más estimulantes de la película: los problemas asociados a que los actos del individuo estén destinados a la corrección política y al egoísta lavado de conciencia frente a los desfavorecidos; una suerte de medias tintas morales, que lucen en público pero que no solucionan nada. Precisamente, que la gota que colme el vaso en esta ficción sea la familia esclavista que mejor trata a los negros es toda una declaración de intenciones y un acto de inconformismo social que saca a relucir la esterilidad de la corrección política. En un giro metacinematográfico involuntario por imprevisible, El nacimiento de una Nación muestra las carencias de la sociedad de la época y de la actual: si resulta más que cuestionable que la forma adecuada de tratar a los negros fuera usar un látigo de terciopelo, quizás habría que plantearse seriamente si la manera adecuada de solucionar la cultura de la violación en Estados Unidos pasa por un gesto tan mediático como estéril como lo es el sabotear una película, ya sea desde los medios de comunicación y su escarnio público, desde la masa social y todo el ruido generado en Internet, o desde el grueso de la crítica, que parece haber entrado a la sala de cine con la crítica ya escrita.

Yago Paris

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One thought on “El nacimiento de una Nación (2016)

  1. Hola, Yago:

    Siento repetirme, pero, de nuevo, me encuentro con un muy buen texto tuyo que no puedo evitar percibir como algo hinchado de retórica y sobreexplicaciones. Le sentaría bien una poda. Creo que un buen ejercicio consistiría en que te impusieras una extensión concreta e intentaras ceñir en ese espacio todas las ideas que quieres plantear. Recuerdo que, en su momento, sugerí una extensión máxima para las críticas de 2 folios de 1800 caracteres con espacios: esta crítica casi duplica esa medida.

    Por otro lado, me ha llamado la atención el uso del adjetivo “mordaz” aplicado a la “corrección política”.

    un abrazo,

    jordi

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