One Piece Gold (2016)

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Animar siguiendo el principio del placer


La animación japonesa presenta un recurso formal muy peculiar, que probablemente sea su seña de identidad en terreno occidental. Esta herramienta expresiva llama la atención por lo extravagante que le resulta al ojo profano en estos terrenos y por ser un contraste evidente frente a los modos de representación más habituales en la animación occidental. El recurso en sí, habitual de las escenas de acción, consiste en la deformación de cada elemento del espacio, en favor de que el instante se empape de potencia visual, ya sea un puñetazo, una carrera o una onda de energía. Hay dos elementos fundamentales en este recurso: la constante alteración de las proporciones y el intercambio entre el plano objetivo y el subjetivo. Normalmente se trata de planos de seguimiento, que, sin recurrir a cortes de montaje, se acercan y alejan del objeto o cuerpo en cuestión, y saltan de la descripción externa a la vivencia subjetiva de uno de los personajes involucrados. Toda esta parafernalia puede parecer un caramelo visual que encumbra cualquier propuesta, pero es fácil caer en el ridículo, pues ante tal grado de extravagancia se requiere un adecuado dominio del tono y un cierto virtuosismo en el trazo del movimiento, como así ocurre en One Piece Gold (2016). Que este recurso esté presente en una cinta de animación japonesa no llama la atención, pero sí lo hace el extenso uso que en ella se realiza y, sobre todo, la capacidad que presentan sus creadores para explotar esta herramienta desde la creatividad desbocada y la total carencia de complejos, lo que irremediablemente convierte a este film en un colosal hallazgo visual.

La obra forma parte del universo One Piece, un manga de Eiichiro Oda creado en 1997, que posteriormente dio el salto al anime en 1999, y al que, a día de hoy, todavía no se le ha dado fin en ninguno de los dos formatos. A la versión televisiva se le suma la cinematográfica, con un total de 13 películas que expanden este universo, pero One Piece Gold es la primera que ha tenido estreno comercial en España. Hiroaki Miyamoto es el responsable de traducir en imágenes una nueva historia de este grupo de pícaros piratas que viven en un mundo de constante aventura frívola. En esta ocasión, la acción transcurre a bordo de Gran Tesoro, un mastodóntico barco que funciona como Estado independiente. En un universo comandado por la fiebre del oro, este transatlántico de fuentes de oro líquido y colosales casinos parece el máximo exponente de las aspiraciones vitales de los personajes que lo pueblan, por lo que no hay nada de gratuito en el planteamiento de partida: arrasar con las riquezas del dueño del buque, Gildo Tesoro, desde la diversión, el desenfreno y el principio del placer.

Todo en su propuesta teórica pide a gritos una predominancia de la forma frente al fondo: no sólo porque lo más habitual en el anime sea esto, sino porque el guion ha sido desnudado de capas hasta reducirlo a una estructura ósea basada en estereotipos y lugares comunes de la suma de géneros e influencias que es One Piece. Este esquema argumental es plenamente consciente de a qué quiere jugar –en este caso, a la diversión sin tapujos- y asume que, en estos casos, menos siempre será más. Situación inversa a la de la forma, que reclama una hipertrofia expresiva para llevar a buen puerto sus planteamientos. El resultado es un gustoso juego de pirotecnia animada, que se apoya en un trazo virtuoso para sacarle el máximo partido a cada situación, a cada fotograma. Retrato coral en carburación constante, el equipo de Miyamoto se apoya en el excelente diseño de los personajes –que hereda del manga– para darles vida con la excelencia de quien domina los modos de representación, a la vez que los despliega sobre un universo luminoso tan rico en matices como en oro.

Forma y fondo se fusionan para dar rienda suelta a un espectáculo que no se para a justificar sus decisiones y que sólo cree en el poder del cine dionisíaco. Especial mención requiere el par de giros argumentales que tienen lugar en el tramo final de la historia, pues estos escandalizarían a cualquier docto en técnicas de guion, pero sería un error descontextualizar dichas decisiones del conjunto de la obra. Es cierto que estos giros son volantazos frívolos que no sienten ninguna necesidad por resultar coherentes con el resto de la historia, pero precisamente ahí está la clave, pues, ante todo, One Piece Gold es una entrega irremisible a la diversión desprejuiciada. No hay lugar para la explicación, no hay lugar para la corrección: la cinta de Miyamoto es una invocación de Dioniso y su séquito de Ménades con la única intención de organizar una orgía de creatividad animada.

Yago Paris

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One thought on “One Piece Gold (2016)

  1. Hola, Yago:

    Una crítica irreprochable y documentada en torno a una película que, fuera de los círculos de fans irredentos del anime, ha sido sistemáticamente subestimada. Lo único que te indicaría es que quizá, a medida que avanzan el curso y el blog, nos vamos olvidando un poco de esa necesidad de ser sintéticos. Creo que el modo es que explicas, al principio, del texto, ese recurso particular del anime podría haber sido más preciso y conciso.

    un abrazo,

    jordi

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