La substància (2016)

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Reflexión mutante sobre el urbanismo


En los últimos años, en el seno del cine español independiente más marginal ha aparecido una serie de obras que proponen una reflexión acerca del urbanismo. Con mayor o menor espíritu crítico, cintas como Sueñan los androides (Ion de Sosa, 2014) o Pasaia bitartean (Irati Gorostidi, 2016) colocan el tejido urbano de puntos muy concretos de la geografía española –Benidorm en el primer caso, Pasajes en el segundo- como una suerte de ente protagonista que determina la vida de sus habitantes y, mediante el adecuado uso de los espacios y una mirada virtuosa para la transmisión de ideas a través de imágenes, expanden el relato a posibles interpretaciones, ya sea en el terreno de la ficción o del documental. Un caso paradigmático es el del cortometraje New Madrid (Natalia Marín Sancho, 2016), cinta puramente experimental que reflexiona sobre las diferentes ciudades llamadas Madrid que existen, o existieron, a lo largo de Estados Unidos. Gracias a esta premisa, la cineasta aborda el concepto de construcción urbana entendida como reproducción de moldes y el de la utopía fallida de ciudad. Para enriquecer la reflexión, resulta necesario añadir una cuarta película que, si bien de nacionalidad austriaca, entronca con todo lo que se ha expuesto y lo sobredimensiona. Se trata del documental Homo sapiens (Nikolaus Geyrhalter, 2016), que se compone de un conjunto de planos fijos que retratan edificaciones vacías y abandonadas, gracias a lo que establece una doble lectura como futuro postapocalíptico carente de seres humanos y como crítica al urbanismo descontrolado. A estos tres casos representativos del cine español marginal y a la cinta austriaca se suma la catalana La substància (Lluís Galter, 2016), mezcla entre documental y artefacto de ficción experimental que centra su atención en el pueblo de Cadaqués y su peculiar conexión con China.

El punto de partida es un suceso tan real como extravagante: en 2010, la empresa China Merchants visitó el pueblo de la Costa Brava con la intención de realizar posteriormente una réplica de este en su país. A partir de este asunto, el director tiende puentes entre los dos Cadaqués, en una suerte de relato mutante que evoluciona sin destino aparente en su intención de retratar ambas construcciones desde diferentes puntos de vista. La primera parte del relato consiste en la exposición de dicha situación: la narración muestra, en paralelo, las reflexiones de un peculiar historiador del Cadaqués catalán, aparente máxima autoridad del tema, y la vida de una mujer china que ha adquirido un piso en la réplica del pueblo, que se conoce como Kadakaisi. Esta primera parte coloca el foco en el Cadaqués chino, pero lo hace desde fuera, lo que permite plantear serias dudas acerca de la lógica de replicar un pueblo que es lo que es por su Historia, su orografía y sus gentes –con especial mención al hecho de que este pueblo es conocido, entre otras cosas, por haber sido el lugar de recogimiento de Salvador Dalí. El retrato, aunque aséptico, deja entrever esa idea de frivolidad que envuelve a Kadakaisi, tan cercana a las construcciones de países occidentales en suelos de naciones subdesarrolladas; una idea nada casual, puesto que las imágenes retratan a la localidad china como el complejo vacacional de idéntica frivolidad que es, a la vez que manifiestan la cara más oscura de la globalización, esa que tiene que ver con la apertura de China a las bondades del capitalismo salvaje.

Girar acerca de este aspecto podría ser, en sí, el eje central de una película. Lluís Galter es consciente de ello, como también lo es del hecho de que tomar esa vía probablemente daría como resultado la entrega de una obra tan redonda como cerrada sobre sí misma, incapaz de dar cabida a ninguna decisión de riesgo. Vista la deriva que toma la cinta, parece claro que el autor no estaba dispuesto a permitir tal situación, pues su interés por la experimentación lo lleva a pender de un hilo, hasta el punto de provocar serias dudas sobre la hipotética llegada a buen puerto de su creación. Esto tiene lugar en la segunda parte de la cinta, en la que decide retratar Kadakaisi desde dentro, para tratar de comprender sus engranajes. Es aquí donde la experimentación se desboca: los puentes hasta entonces tendidos entre estas dos poblaciones cobran especial relevancia, y, en un acto de total empampe de influencias, el realizador toma la herencia del lugar de partida, y de su figura más representativa, Salvador Dalí, para establecer un juego surrealista y puramente ficticio –la planificación de cada uno de los planos es total- con el que hacer posible lo imposible: localizar los puntos de unión entre los dos Cadaqués y darles mayor relevancia que a aquello que los separa. Un juego llamativo, inesperado, virtuoso y probablemente frívolo, lo que podría entenderse como la extrapolación cinematográfica del propio Kadakaisi que retrata.

Es en estos momentos en los que encontramos a un Lluís Galter más transgresor, lo que supone una de las decisiones más coherentes de su retrato cinematográfico. Sólo con esta transformación del relato es posible entender la parte final, en la que, con una nueva mutación, la cinta regresa a Cadaqués, y con ella viajan los personajes de China, en un acto de total comunión entre ambos pueblos. No contento con lo hasta entonces construido, el autor establece un montaje paralelo de planos de los Cadaqués, en el que explicita cómo, tras el viaje onírico, resulta imposible diferenciar a uno del otro. Los puentes están tendidos, las uniones son más poderosas que las divergencias, pero, lejos de buscar un final satisfactorio, Galter toma una última decisión acertada: terminar su relato con un vídeo promocional de otro nuevo Cadaqués, esta vez en pleno Caribe. Las dudas y la incomodidad frente a la frivolidad urbanística retornan a un relato y ponen en duda todo lo anteriormente narrado, quizás porque en este film nunca se ha hablado de nada en términos absolutos.

Yago Paris

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One thought on “La substància (2016)

  1. Hola, Yago:

    “La substància” es una película realmente muy compleja e incluso esquiva y creo que el título de la crítica -aunque no el cuerpo del texto- puede darse a un malentendido: creo que aquí no se trata tanto de hablar de urbanismo, sino de plantear la cuestión más metafísica de si se puede replicar el alma de un puenlo. Y, también, la relación entre la realidad y su simulacro.

    Me gusta mucho el momento en que colocas otros referentes -muchos de ellos desconocidos para mí- para situar la película en un contexto de reflexión más amplio.

    Como bien detallas, la película atraviesa varias fases, pero me quedo con la impresión de que el paso entre la primera y la segunda te ha quedado poco natural y demasiado aparatoso. Me refiero a este fragmento: “Girar acerca de este aspecto podría ser, en sí, el eje central de una película. Lluís Galter es consciente de ello, como también lo es del hecho de que tomar esa vía probablemente daría como resultado la entrega de una obra tan redonda como cerrada sobre sí misma, incapaz de dar cabida a ninguna decisión de riesgo. Vista la deriva que toma la cinta, parece claro que el autor no estaba dispuesto a permitir tal situación, pues su interés por la experimentación lo lleva a pender de un hilo, hasta el punto de provocar serias dudas sobre la hipotética llegada a buen puerto de su creación”.

    De nuevo, vuelvo a aconsejar síntesis. Es un texto reamente sólido, pero hubiese admitido un proceso de condensación sin perder nada de lo esencial de la reflexión y el análisis que propone.

    un abrazo,

    jordi

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