La ciudad de las estrellas (La La Land)

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El marketing de la nostalgia artificial


 

El musical es uno de los géneros que más se presta a exprimir la puesta en escena, pero el cine actual ha dado claras muestras de desinterés en esa manera de producirlos. Grandes éxitos como Los miserables (2012), Chicago (2002) o Into the Woods (2014) atestiguan esta tendencia, y por ello resulta especialmente estimulante la llegada de una nueva producción que recupere el espíritu del musical clásico. La ciudad de las estrellas (La La Land) basa sus planteamientos en la puesta en escena, en la milimétrica planificación de cada escena, de cada plano. La esperanza de un resurgir de la forma en un género carcomido por la ausencia de planificación, por el abuso de los primeros planos y por actores que protagonizan estas cintas por su fama y no necesariamente por sus dotes de canto y danza, estimula la mente de quien desea un regreso a las bases. Sin embargo, el valor de la puesta en escena y el virtuosismo técnico reside en la ideología de las imágenes y en los motivos por los que se utiliza uno u otro recurso visual. Por tanto, las posibles virtudes formales de La ciudad de las estrellas quedan irremisiblemente a merced de la mirada de su autor, Damien Chazelle, quien pone en evidencia cuál es su manera de entender el cine, en general, y las bases del género, en particular.

Chazelle es un cineasta volcado en lo visual. Ya en su anterior cinta, la aclamada Whiplash (2014), se deleitaba con primeros planos, ralentís e inumerables efectos de montaje y sonido. Su cine se decanta por la puesta en escena, pero esto no lo convierte en un cine que destaque por presentar un lenguaje elaborado, complejo y autoral. Al igual que le ocurre a su compañero Alejandro González Iñárritu, ambos manifiestan una filia arrolladora por el deslumbramiento técnico, por el acabado formal que deje a su audiencia atornillada a la butaca. Un catálogo kilométrico de recursos técnicos que hacen las delicias de sus seguidores, pero que se logra a través de un efectismo burdo. Tampoco es algo que escondan; a ambos les interesa un modelo de cine visceral, que impacte al público. Sin embargo, lo más interesante a la hora de contemplar sus construcciones visuales es plantearse, en todo momento, cuáles son las verdaderas intenciones de ambos cineastas. Las múltiples respuestas que se puedan dar a esta cuestión, en el fondo, hablan de lo mismo: de cómo estos se colocan como los verdaderos, los únicos, protagonistas de la obra, pues lo que realmente les preocupa es deslumbrar, demostrar lo que son capaces de lograr, aunque para ello perviertan el lenguaje cinematográfico y destruyan el significado de sus imágenes.

La La Land es una cinta que no se sostiene por el simple hecho de que Damien Chazelle no es honesto con su público. Su afán revisionista apela a la nostalgia, tan demandada estos últimos años, y no pasa de la estampa llamativa, del guiño irrelevante. El director siembra la narración de elementos que aluden a clásicos de otras épocas –el musical clásico de Hollywood y el francés, principalmente-, pero la imagen pierde significado cuando no se construye nada a partir de dichas referencias. Sólo así se entiende que se guarde para el clímax una secuencia que es pura referencia nostálgica, pues la usa como golpe de efecto para ganarse a la audiencia. Esto es controvertido per se, debido a lo manipulador que resulta, pero además porque refuerza la idea de que, en el fondo, lo único que quiere conseguir de la herencia del género es un golpe de efecto que dispare la empatía del público. Este aspecto es igual de gratuito que el extenuante uso del recurso formal más característico del cine musical: el plano secuencia. Como si no comprendiera por qué dicho recurso es tan usado en este género, Chazelle decide que la práctica totalidad de los números musicales serán rodados de esta manera, sin importar que esto quede justificado por las necesidades de la cinta -sólo hace falta estudiar lo forzado que resulta el primer número musical para entender que el uso del plano secuencia es más una imposición que una necesidad.

Cuando Damien Chazelle decide hacer La ciudad de las estrellas, es consciente del potencial que este proyecto posee. A pesar de lo que le ha costado sacarlo adelante, se trata de un caramelo visual que, a poco que no se hagan demasiado mal las cosas, triunfará. Chazelle lo sabe, y fuerza la máquina para construir una película que guste desde el primer segundo. Esto es así hasta el punto de que al proyecto se le evidencian las costuras de maniobra de marketing que es. Sólo así se entiende que la cinta consiga que las nuevas generaciones sientan como propia la nostalgia por el musical clásico, cuando en su mayoría estas personas no han tenido un contacto con dichas películas. Es, por tanto, esta mirada marketiniana la que delata las verdaderas intenciones de Chazelle, quien evidencia en sus imágenes y en el uso de los recursos formales que en ningún momento se atreve a arriesgar. En este punto habría que enfatizar que este tipo de películas, formalmente virtuosas hasta lo despampanante, como es el caso de Birdman (2014), se caracterizan por aparentar gran riesgo pero en ningún momento salir de la zona de confort. En el caso de La La Land, todo es tan perfecto, todo está tan bien pensado, que no hay lugar para el atrevimiento. Chazelle circula a ritmo de autopista pero siempre con el freno de mano puesto, siempre jugando con la técnica pero jamás experimentando con el lenguaje. Su búsqueda es la de un social media manager que quiere construir la campaña de marketing definitiva, no la de un artista que necesite encontrar una manera personal de transmitir ideas desde lo visual. Su engañosa puesta en escena podría hacer pensar que en tanto giro de cámara y montaje frenético hay riesgo, pero lo que hay es un abuso indiscriminado de los recursos más gratificantes para quien los usa; un abanico de posibilidades visuales que encumbra porque deslumbra.

Esta actitud timorata sería loable, aunque desafortunada, si se tratase de una cinta honesta. Sin embargo, como ya ocurría en Whiplash, las imágenes de La ciudad de las estrellas encierran un doble fondo ideológico, y esta vez el mecanismo se ha refinado, por lo que pasan más desapercibidas. Para bien o para mal, su anterior cinta era explícita hasta lo grotesco, lo que permitía que se leyera con facilidad su discurso del capitalismo salvaje y el encumbramiento del sueño americano. Triunfar era pisotear a los demás, el éxito era una carrera tortuosa que sólo se podía ganar en solitario, el arte era una ecuación matemática. Todo esto estaba presente en Whiplash, y todo es aplicable a La ciudad de las estrellas, en la que Chazelle continúa su discurso ideológico. Sin embargo, la gran diferencia, de capital importancia, es que esta vez ha sabido disimularlo entre números musicales, melodías pegadizas y unos actores arrebatadores, lo que hace que sea todavía más dañino, por deshonesto. Además, habría que señalar que la cinta se construye como un encumbramiento del camino del arte verdadero, una oda a no dejarse corromper por el mercantilismo, pero, y probablemente sin que sea consciente de ello, Chazelle cae en la contradicción al confundir arte con fama y éxito social –la evolución del personaje de Emma Stone y la metáfora visual en torno a la cafetería en la que trabaja es desoladora. El autor parasita todos estos recursos para colocarse como verdadero protagonista también en el plano discursivo, pues al hablar de arte y éxito en realidad está hablando de su arte y su éxito. Con idéntico egocentrismo y aires de grandeza que Iñárritu, pero con un perverso talento para ocultarlo, Chazelle compone una oda a su genialidad: la del artista marketero del siglo XXI que confunde arte con fama, y que será capaz de pervertir cualquier elemento –ya sea la esencia del jazz o la del género musical- con tal de convencer con un discurso vacío.

Yago Paris

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5 thoughts on “La ciudad de las estrellas (La La Land)

  1. Estupenda crítica, Yago! Además de ir contra la tendencia global de la opinión dominante, lo argumentas todo modélicamente bien. Yo, personalmente, estoy de acuerdo con tus razonamientos y me adhiero al recelo hacia la superficialidad de Chazelle, quien, éticamente, me parece más que discutible y, probablemente, hasta dañino.
    Un abrazo!

    Miquel

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  2. Hola, Miquel,

    Muchas gracias por tus palabras. Siempre resulta agradable que alguien valore tus textos, pero en este caso me satisface especialmente descubrir que uno no se queda solo a la hora de afrontar el análisis de La La Land desde esta perspectiva. La cinta ha sido un fenómeno antes y después de su estreno, y aunque creo entender perfectamente cuáles son las claves de su éxito, no puedo evitar sentir cierta frustración al comprobar el entusiasmo generalizado que ha causado. Como comentas, creo que es una obra dañina para el cine, y más si arrasa en la temporada de premios.

    Yago

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  3. Uff… no puedo estar más en desacuerdo con la crítica, no por sus formas que me parece ejemplar por como expones tus argumentos y los dotas de contenido, si no porque me resulta absolutamente inconcebible que un artista, en este caso un director de cine, condicione de su obra a una estrategia de marketing. Creo que efectivamente, se ha montado una impresionante obra de marketing alrededor de esta película, que precisamente no me entusiasma, pero creo que son elementos externos a la obra en sí (no a su explotación como producto, ojo). Entiendo que su distribuidora sea consciente del caramelo que tiene entre las manos y lo ponga a la salida de los colegios y entiendo que Fotogramas, periódicos y demás medios de comunicación, desesperados por el clickbait, se hayan pasado dos meses hablando de cada detalle de la película. Tampoco creo que la película, fuera de los círculos más cinéfilos, lo haya petado. De las películas con las que compartía la nominación al Oscar a la Mejor Película, era “Figuras ocultas” la más taquillera lo que dimensiona de un modo más realista su condición de ‘fenómeno de marketing’.

    Ahora cuando ya nadie habla de ella queda otra vez la película y ésta, como obra cinematográfica, podrá ser mas mala o más buena. Como comentaba anteriormente, pienso que es una película fallida en muchos aspectos, en otros no. Creo que Chazelle hace un buen trabajo de los actores y la química que se establece entre sus dos protagonistas funciona de una forma brutal. Las referencias a musicales son obvias y son deliveradas, nunca intenta apropiarselas. Tu reflexión sobre lo pernicioso de su mensaje no creo que deba ser llevado a los extremos que Miquel y tú comentáis. Me cuesta trabajo pensar que Chazelle, cuando empezó a gestar la película en pijama, encerrado en su habitación, pensara en su película como un producto moralizante o la influencia que pudiera tener en una sociedad en la que si no triunfas no eres nadie. Evidentemente una película es producto de su tiempo y será interpretada de acuerdo al modelo sociale que rija en ese momento del mismo modo que cada crítico y cada espectador puede interpretar el trabajo de un artísta como le salga, de acuerdo a las herramientas culturales o sociales de las que disponga, pero en muchos casos no puedo dejar de acordarme de ese gag que usaba Woody Allen en “Balas sobre Broadway” cuando el critico de teatro interpretaba los tiros que se estaban escuchando fuera del escenario (y que nada tenían que ver con la obra) como una metáfora sobre la virulencia de los personajes que estaban en ese momento en el escenario.

    Salu2!!

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  4. Hola, Yago, Miquel y Francisco:

    Llevo toda la tarde subiendo comentarios a este blog y al del grupo de los martes y me he encontrado, en este blog, por lo menos tres textos que han generado debate en el apartado de comentarios. Nada me puede poner más contento que esto: para mí, es un índice de la buena salud y cohesión del grupo y, también, de la fuerza de vuestros textos que incitan a proponer respuestas y contradiscursos. Gracias a los tres. Además, veo que no es muy necesario hablar en clase de las reglas de respeto de un debate, porque en todos los casos veo que aquí hay una capacidad de comunicación,. de saber leer,. escuchar y responder realmente sólida.

    Mientras iba leyendo el texto de Yago iba pensando todo el rato -“oh, sí, sí, Sí!!!”-, pero había algo que me preocupaba -pensaba “¡qué lástima que no esté abordando,a demás, el trasfondo ideológico”- hasta llegar a ese último párrafo que atiende a esta cuestión y remata perfectamente la crítica.

    Es un texto excelente: sobresaliente. Enhorabuena, Yago.

    También entiendo los reparos al discurso que propone Francisco, pero propongo esta idea (que ya está en el texto de Yago): tengo la impresión de que la ideología de la película no forma necesariamente parte de un plan programático, sino que, en buena medida, Chazelle no puede evitar que se le delate, que se le escape.

    Y después de una conversación con alumnos de la Universidad que eran entusiastas de la película, hay algo que me quedó muy claro: pese a su visible respeto por el lenguaje del buen musical, “La La Land”, por contradictoria que pueda parecer esta afirmación, es un musical para espectadores a los que no les gusta realmente el musical.

    Un abrazo,

    jordi

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  5. Hola amigos:

    Me apunto al debate y lo hago en las filas de Francisco Martínez. Me parece muy apropiado todo lo que escribe y lo comparto. La crítica de Yago es muy buena pero creo que puede ser criticada por unidireccional. ¿No hay nada, nada, nada bueno en La La Land? Entiendo que resulta imprescindible por lo menos plantearse las razones de su éxito.
    Al final parece que hay una corriente de opinión según la cual Chazelle es una especie de Doctor Mabuse, dañino y perverso. Hay que estar atento al próximo golpe maquiavélico del director porque la humanidad peligra. Por último como estoy en la lista de los que aprecian razonablemente la película no puedo estar más en desacuerdo con el comentario de Jordi. Entiendo que es compatible apreciar LA LA y el cine musical.

    Abrazos
    Andrés (grupo de los martes)

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