Silencio (Martin Scorsese, EEUU, 2016)

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Mutismo elocuente

La obsesión por el martirio parece recorrer casi toda la obra de Martin Scorsese. Sus filmes están colmados por una iconografía católica en la que los conceptos de culpa y sacrificio conforman las dos barras entrecruzadas del símbolo cristiano más utilizado en el cine del neoyorquino. La crucifixión, literal o figurada, se apodera a menudo del violento destino que recae sobre los personajes de la ficción scorsesiana (la prolija labor del realizador desempeñada en el documental tiende a desembocar en sus propios intereses como melómano y cinéfilo), y, sin embargo, la religión convertida en principal dispositivo narrativo nunca había sido tratada de forma tan directa, con la evidente excepción que suponen La última tentación de Cristo (1988) y Kundun (1997), hasta su nueva película, Silencio. Proyecto largamente acariciado por el director y su guionista Jay Cocks, la cinta que nos ocupa de hecho escenifica la lucha entre las dos grandes manifestaciones de la fe, cristiana y budista, presentes en las ya mencionadas, adoptando una mirada particularmente apostólica que no elude el respeto por los argumentos de aquellos que se niegan a ser evangelizados.

Adaptando la novela homónima del escritor católico Shūsaku Endō –cuyo texto ya gozó de sendas versiones cinematográficas con Silencio (Masahiro Shinoda, 1971) y Los ojos de Asia (João Mário Grilo, 1996)- Scorsese reconstruye los días del Shogunato Tokugawa durante el Japón de la primera mitad del siglo XVII, y el feroz exterminio de párrocos y conversos llevado a cabo por un gobierno nipón que todavía observaba con cercanía el tumultuoso Período Sengoku mientras mantenía la guardia contra posibles intenciones colonialistas iniciadas por la Europa renacentista, auriga del primer capitalismo. Centrado en la travesía por las cercanías de Nagasaki de dos sacerdotes portugueses, miembros de la Compañía de Jesús, en busca de un tercero, maestro de ambos y sospechoso de haber cometido apostasía para salvar la vida, el film incide en la inquebrantable fe de su protagonista (Andrew Garfield), jesuita de convicción tomista y, por lo tanto, defensor de la razón como valedora de lo que él concibe como verdad absoluta: la perentoria existencia de Dios y su paraíso celeste. Es éste un personaje prototípico del canon Scorsese, martirizado por las circunstancias y por sí mismo, con el que el autor parece identificarse y al que expone en todas sus contradicciones: creyente inflexible, peca también de orgullo y cierto narcisismo al no dejar de compararse con la figura de Cristo (ese plano en el que se refleja en las aguas de un río y su rostro se transmuta en el del profeta judío, o la acechante presencia de su particular y reincidente Judas). La lucha dialéctica entre una creencia llegada de lejos –con ansias de afianzar el poder papal en el exterior tras las reformas religiosas- y el estado budista y sintoísta que ve amenazada su sociedad de tipo feudal ante esta invasión, queda patente en las memorables conversaciones mantenidas por Garfield con el brutal y lógico sumo inquisidor Inoue y con su astuto traductor.

Para todo ello, Scorsese huye de sus arrebatadas y vibrantes figuras de estilo (aunque perduran ciertas florituras en los planos angulares en cenital y algunos paneos de cámara agresivos), abrazando una tranquila austeridad formal en sintonía con el ritmo pausado y contemplativo que marca el tempo de las neblinosas y, a menudo, violentas imágenes, en una estética que transpira Mizoguchi en sus composiciones de encuadre. Las escenas que giran alrededor del fumie, retrato de Jesucristo o de la Virgen María que las autoridades japonesas utilizaban para comprobar quien era o no era cristiano, haciéndosela pisar al supuesto creyente, van llenando de estigmas espirituales la conciencia del protagonista hasta un memorable clímax final en el que la apostasía se erige en canto cristiano de amor y salvación al prójimo. Entre medias, fascinantes dudas alrededor de la dificultad de asimilación de creencias ajenas en un entorno cultural acentuadamente distinto. En el conmovedor desenlace, Scorsese se explicita valientemente como autor católico enemigo de simplificaciones, hacedor de un bello y reposado cine religioso en el que el silencio del título no tiene porqué significar ausencia de comunicación sino, más bien, diálogo interno e inquebrantable, leal a uno mismo, más allá de instituciones y de simulacros en concordancia con el contexto dominante. La iluminación está en el interior y ésta debe llevar a la preocupación por el bienestar ajeno. Así, como bien apunta uno de los personajes en el film, se desdibujan las fronteras existentes entre un bodhisattva y el Mesías del Nuevo Testamento, para que sus esencias humanistas puedan emerger y confluir.

Miquel Zafra

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6 thoughts on “Silencio (Martin Scorsese, EEUU, 2016)

    • De nuevo, gracias a ti por tu apreciación, Pilar. Y, sin duda, gracias por tu dinámica participación en el blog, algo para lo que el resto parecemos mostrarnos algo más tímidos, yo el primero.
      Nos vemos el miércoles y un abrazo.

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  1. Hola, Miquel:

    Me ha llamado mucho la atenciójn cómo buena parte de la crítica profesional ha tratado esta película tan expeditivamente que casi parecía que la estaban despreciando por no ser “el Scorsese que tocaba”. También he escuchado esa cantinela tan fastidiosa de “no parece de Scorsese”. Por todo eso, aprecio aún más tu texto, además de sus obvias virtudes como texto justo, riguroso, bien estructurado y argumentado.

    Celebro que expliques tan bien la constante/crucijo en el discurso scorsesiano y que desveles con tanta concreción la naturaleza estilística de la película. A todo eso unes un gran conocimiento de causa histórico, que no sólo entra en sutilezas de la fe (la referencia al tomismo), sino que aborda también las implicaciones políticas de ese pulso entre religiones que centra la trama de la película.

    De nuevo, un texto soberbio.

    un abrazo,

    jordi

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  2. Coincido contigo, Jordi, en que parte de la crítica se ha mostrado, creo, algo injusta con esta película, cerrándose a variaciones estilísticas que terminan viéndose como impostadas. Mil gracias por tus palabras.
    Un abrazo.

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  3. Hola Miquel.

    A lo mejor los árboles de las creencias han impedido ver a esa parte de la crítica que mencionáis el bosque de valores cinematográficos que atesoran película y director. Hay temas que parece estar de moda pasar por alto y es más fácil decidir que Scorsese no interesa si se pone serio con uno de ellos.

    A mi desde luego la película me llega, me toca y me emociona. Me parece sobria, precisa, elocuente y muy hermosa.
    Y con tu texto, Miquel, me ocurre lo mismo.

    Gracias.

    Nos vemos el viernes.
    Ana

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    • Hola Ana:
      Efectivamente, hay temas que, en determinados momentos, parecen recibirse con antipatía y recelo, actitud que puede impedir ver las sutilezas y complejidades presentes en su tratamiento o los maravillosos hallazgos formales y tonales que una película como la de Scorsese alberga en su corazón y en su superficie. Por otro lado, en ocasiones parece que a alguien como a Scorsese no se le debiera permitir la seriedad en el acercamiento a la trascendencia si no va acompañada por su febril escritura de ambientación urbana. Encantando de que te haya gustado la película y la crítica. Gracias a ti por el comentario.
      Nos vemos el viernes y un abrazo.

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