Éternité. Eternity (de Calvin Klein)

Hay ocasiones en las que una película se presenta como una pendiente casi vertical, tan brillante y pulida que no presenta ni un solo asidero. Remontarla es prácticamente imposible, a menos que se usen crampones.

Sin apenas diálogos, con una voz en off que acompaña las imágenes y la constante compañía de un piano cuyos repentinos (y escasos) silencios sorprenden por lo imprevisto, la última película de Tran Anh Hung se desliza a través de la vida de tres generaciones de mujeres de una familia y más que de mujeres, de las madres de esa familia.

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No obstante la buena producción y el elegante uso de la elipsis, la manera escogida para contar esa historia es una sucesión de escenas melifluas y almibaradas que se desarrollan en ambientes recargados hasta el paroxismo, con el mismo ritmo y contenido que los anuncios de perfume: Anaïs AnaÏs, Amor Amor, Eden, y, por supuesto, Nenuco.

Nada pour homme: a ellos (pobres) hay que aceptarlos tal cual, bastante tienen con serlo.

Y es que Éternité, que se cree exclusiva, es excluyente. La mirada de Valentine, la sonrisa de Mathilde, la serenidad de Gabrielle (Audrey Tautou, Mélanie Laurent, Bérénice Bejo sin mácula y sin despeinarse) muestran una irritante condescendencia a todo lo que no es su modo de vivir la condición de mujer: el amor como devoción, la maternidad como sacrificio, abnegación y única razón de ser.

Tremendamente injusta, acaso el material literario de partida también lo sea (L’élégance des veuves de Alice Ferney) no se puede pensar al verla en un ejercicio de homenaje a las madres, ni es excusa la contextualización histórica, dado que se complace en llegar hasta nuestros días y el estricto matriarcado se mantiene sin evolucionar: nacer, crecer, casarse, ser madre; y ordenando: amarás a tus hijos, más a tus hijas; sufrirás si entierras a alguno, más si entierras a alguna y más si una hija tuya no va a tener descendencia. Si no tienes hijos, morirás sola, si los tienes es posible que también, pero con la satisfacción del deber cumplido. Ni un atisbo de libertad en ese destino escrito. A un arrebato de indignación infantil culpando al padre de lo ocurrido a la madre, le sucede un nuevo matrimonio y una mesa repleta en la que dos personajes y una mirada informan de que se perpetúa el ciclo.

Se podría mencionar alguna escena aislada que evite la total asfixia: una hermosa declaración por parte de uno de los (pobres) maridos, quizá porque el piano callaba y la muerte de ese mismo personaje, quizá porque se abandona el mundo Cacharel para rodarlo a lo Light Blue (de Dolce y Gabbana)

Pero inmune a lo negativo que se pueda decir de ella, ni un clavo de los crampones le hace mella. La película se complace en gustarse, se contempla admirada en su superficie pulida hasta hacerla espejo, se retroalimenta y verbaliza en boca de uno de los personajes lo feliz que es.

Lo malo para quien no lo es tanto después de verla, es que queda impreso en la retina cada fotograma publicitario y en cada célula olfativa el imaginado pandemónium de aromas empalagosos. Quien esto escribe piensa con un punto de malicia que esos cientos de descendientes que, nos dicen, hay de la primera pareja irán decreciendo indudablemente en las siguientes generaciones y respira profundo al recordar, en cuestión de perfumes, su predilección por Aire (de Loewe)

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2 thoughts on “Éternité. Eternity (de Calvin Klein)

  1. Querida Ana: me has hecho reír mucho con las comparaciones con el mundo del perfume, casi tanto que los olía, pero sobre todo con la conclusión. Como siempre muy bien hilada, aquí te leo particularmente irónica, pero parece que viene desde luego al caso. De nuevo, un placer leerte!!
    Besos,
    Pilar

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  2. Hola, Ana:

    No hay material más agradecido para un mal crítico que el que ofrece la posibilidad de una crítica negativa. Por eso creo que hay que andar con especial tiento a la hora de condenar a una película a través de una crítica. Con el tiempo, también he llegado a desconfiar bastante del recurso a la ironía en la escritura de una crítica: hay veces en que a un crítico no le importa ser injusto con tal de acuñar una frase ocurrente que, por supuesto, gratificará mucho al lector. Con todo esto no estoy, ni mucho menos, condenando tu crítica: más bien al contrario, pues este texto es un ejemplo perfecto de cómo abordar la crítica de una película problemática sin renunciar al análisis e integrando el ingenio, pero sin que esas ironías enturbien la lectura, ni sean injustas con la obra analizada.

    Has hecho un texto modélico, en el que, además, funcionan muy bien todas las imágenes metafóricas: tanto las de la “pendiente vertical” como las referidas a los perfumes, que, por cierto, son precisas y en absoluto gratuitas (siempre admiro lo que yo nunca sería capaz de hacer). Creo que, a la hora de escribir una crítica, es importante encontrar un registro de lenguaje personal que, por supuesto, tiene que partir de un buen conocimiento de toda la terminología técnica, pero siempre funcionará mejor si encuentra equivalencias a través de imágenes y símiles, como muy bien has hecho aquí. Una de las exigencias que tendríamos que plantearnos a la hora de escribir críticas, además de la ser justos, es la de no ser de ningún modo rutinarios: tu texto, de nuevo, es una buena lección aplicada de todo esto.

    No me detendré mucho en lo obvio: esta es una película que ideológicamente agrede al espectador, pero no te has conformado con eso, sino que has abordado a conciencia su estilo y su textura visual.

    Prefiero destacar otra cosa que es sumamente importante: las impugnaciones a la totalidad siempre son sospechosas, conviene desconfiar del crítico que no ve nada bueno en una película. Tú has cuestionado “Eternité” de manera radical, pero en ella eres capaz de salvar recursos (las elipsis) y momentos concretos con una generosidad que no tiene nada que ver con el buenismo, sino con la capacidad de detectar las gamas de gris incluso en un trabajo tan irritante como el de Tran Anh Hung.

    Mil gracias por este texto,

    jordi

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