Que Dios nos perdone (2016) – Rodrigo Sorogoyen

Incoherencias del nuevo thriller español


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La coincidencia en la cartelera de tres películas españolas tan similares en el espacio de apenas dos meses refleja el interés por parte de público y productoras por un tipo de cine muy concreto. Tarde para la ira (Raúl Arévalo), El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez) y Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen) son tres thrillers que se apoyan en un estilo visual solvente para lucir como grandes películas de estudio. El referente es claro: el cine comercial estadounidense, ese de factura técnica impecable, sobriedad narrativa y respeto a todos los cánones narrativos. A pesar de las diferencias presupuestarias –de los 1,2 millones de la cinta de Arévalo a los 5 de la de Rodríguez–, las tres tienen una idea similar de cine: se trata de tres propuestas que tratan de introducir la teoría de los autores en el sistema de producción de estudio, de tal manera que, sin salirse de los estándares, luzcan como un cine personal capaz de generar taquillazos. Este es uno de los enfoques más laboriosos del cine, pues lo habitual es que ocurra lo que ocurre en estos tres casos: los tres films, con un corte que parece transgredir en cierta manera el orden establecido en el audiovisual, terminan por ser tres alegatos en favor, precisamente, de dicho orden establecido. Aunque ninguna desastrosa, y alguna de ellas alberga momentos poderosos, las tres obras se postulan como ejemplos evidentes de ese cine que se siente radical por usar un filtro de imagen llamativo o introducir un plano secuencia en el metraje.

Se trata, pues, de un cine carente de la honestidad necesaria para desarrollar las ideas que plantean de inicio. Y, a este respecto, Que Dios nos perdone es la que más fracasa en su intento. La cinta se posiciona entre sus dos compañeras de cartel, a medio camino entre la (relativa) radicalidad de Tarde para la ira y el producto de estudio que es El hombre de las mil caras. Y se orienta hacia la primera, pues es ese modelo el que aspira a alcanzar. Con su puesta en escena, Rodrigo Sorogoyen pretende captar la suciedad de la calle, la dureza de los ambientes que retrata y la oscuridad que habita al doblar la esquina de una gran avenida. Con un notorio uso del gran angular, Sorogoyen propone el plano largo con steadycam como su recurso estrella para sumergirse en cada una de las escenas y, así, introducir a su público en la misma. La estética tiene serios problemas para no caer en el artificio, pues no se atreve a llevar hasta el final lo que propone, quedándose en una tierra de nadie que aspira a ser dura pero se siente impostada. Esta sensación se magnifica con la elección de planos antes comentada, lo que condena al fracaso a una película como Que Dios nos perdone. La coreografía –o, precisamente, su ausencia– de los actores, la planificación de escenas y planos, las actuaciones y las líneas de diálogo, cada uno de los elementos de la cinta trata de captar el realismo y la aparente espontaneidad de lo que narra, pero todos ellos llevan tatuado “película de estudio” en la frente. Esto no es malo, per se. El problema surge cuando una propuesta cae en la incoherencia al pretender alcanzar un estilo pero no estar dispuesta a aceptar las consecuencias de dicha elección. Y Sorogoyen pretende que su película transpire realismo, pero en cada plano se evidencia el trazado milimétrico previo al que la escena ha sido sometida.

Entremedias, una trama policiaca en contexto eclesiástico que, como sus compañeras, quiere hablar de España, normalmente desde lo castizo, en otro pretencioso intento de abordar con profundidad el pasado o el presente de España y de lo que define a este país como tal. En el verano de 2011 tuvo lugar en Madrid la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), en la que el papa Benedicto XVI estuvo presente. A su vez, el 15M estaba dando sus primeros pasos. El lugar perfecto para delinquir y pasar desapercibido. Las referencias a la Iglesia no terminan ahí; en Que Dios nos perdone todo intenta hacer referencia a lo eclesiástico: desde los escenarios hasta el tipo de personajes que aparecen, con sus oscuros pasados, pasando por la citada ambientación, por la propia trama y por las motivaciones que la desencadenan. El guion, coescrito entre el propio Sorogoyen e Isabel Peña, se esfuerza por que todo encaje, por que todo esté trenzado, pero cuanto más lo intenta, más se aleja de alcanzar el objetivo. El resultado final es un conjunto de apartados independientes, que apenas presentan relación o coherencia interna, lo que se explicita cuando se llega a la conclusión de que la trama tendría sentido si se eliminara toda referencia religiosa, que al final es más una carga que un complemento. Como en el resto de apartados, Que Dios nos perdone carece de la honestidad suficiente como para saber qué maneja entre manos y adónde puede llegar con ello. Como en el resto de apartados, Que Dios nos perdone se esfuerza por acercarse a Tarde para la ira, pero no es otra cosa que El hombre de las mil caras con algo de tierra en los zapatos.

Yago Paris

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2 thoughts on “Que Dios nos perdone (2016) – Rodrigo Sorogoyen

  1. Hola, Yago:

    El texto que has hecho es un gran ejemplo de lo que debería pedirse a toda crítica: ir más allá del discurso consensuado, no dar por buenas esas ideas recibidas que, desafortunadamente, encontramos reiteradas una y otra vez en tantos textos críticos que, lejos de su funcionalidad ideal como voz reflexiva (y, por tanto, disidente), acaban siendo prolongaciones del discurso promocional.

    No obstante, tengo que señalar aquí lo mismo que he te he dicho con respecto a tu texto anterior sobre “Animales fantásticos”: la argumentación da muchas vueltas sobre sí misma y el planteamiento brillante y riguroso que recorre el texto se acaba viendo bastante condicionado por ello. Hay veces, en que la reiteración salta, literalmente, a la vista: “Como en el resto de apartados” se repite dos veces en las cuatro líneas finales, en lo que quizá es una aliteración deliberada, pero que afea el estilo. En otros casos, lo que se reitera son las ideas. Tienes que tener confianza en que la receptividad de tu lector: cuando las ideas están tan claras como las que planteas, basta con formularlas una vez para que se fijen en la cabeza del receptor. Hay que argumentar (y lo haces, y muy bien), sostener las afirmaciones, pero no insistir en ellas.

    Si quitaras lo de “Como en el resto de apartados”, la frase final es un muy buen ejemplo de claridad y contundencia: logras una imagen muy gráfica para remachar tu lectura de la película y eso funciona muy bien.

    Un abrazo,

    jordi

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  2. Hola Yago… entiendo las pegas que Jordi le pone a tu rica y exhaustiva critica, y aunque tengo una mirada más conservadora sobre la peli, reconozco que tu texto lo he leído con la misma fruición con que vi el film. Un saludo y nos vemos en clase 🙂

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