Oleg: disonancia en la modernidad

La primera escena de Oleg y las raras artes evoca inmediatamente al retrato del Hermitage oleg_y_las_raras_artes-144520310-largede Shokurov en El arca rusa. Una serie de planos fijos nos muestran al pianista Oleg Karavaichuk que se va acercando hacia los espectadores, revelando matices de su personalidad, contándonos escenas de su vida. Oleg se asemeja a una de las columnas de mármol del museo, se sitúa paralelo entre ellas, camina cerca de las pinturas murales y se dirige a su rincón predilecto, a la sala donde se encuentra el piano de oro del zar Nicolás II.

Cuando Oleg se sienta al piano y comienza a tocar se genera una transformación palpable: los colores cambian, el público de repente se relaja hundiéndose en los asientos de la sala y viaja con el pianista. Las ajadas manos de Karavainchuk bailan encima de las teclas, creando un cuadro impresionista con trazos elegantes y calmados seguidos de otros trepidantes, agitados y muy intensos. El contraste entre la consonancia y la disonancia.

¿Por qué ya no huele la fruta?, pregunta Oleg. Las intervenciones del pianista son casi tan implacables y certeras como su música. El mundo cambia, la modernidad se impone; su querido abeto ha desaparecido, lo han talado y es ahora una sauna. El ser humano prima la comodidad sobre el espíritu. Hay quienes lo tacharán de excéntrico o de loco -de hecho, fue amigo de Stalin y más tarde censurado en su país-, de no ser por la genialidad de su música y de sus ideas.

Oleg se tumba en una cafetería, adormilado bajo el resguardo de su boina, mientras el mundo transcurre detrás de él. Pero las manos del pianista no descansan; flotan, acarician el aire, componen sonidos a priori imperceptibles. Sin embargo, tras unos minutos observándolo en silencio, da la sensación de que se podrían escuchar las melodías invisibles que Oleg toca en el vacío del aire.

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En la modernidad todo es consonancia, no hay lugar para lo disonante. Las filarmónicas de todo el mundo están llenas de consonancia y conformidad, de todo lo clásico. Y, sin embargo, la disonancia es necesaria. Ya sólo queda un poco para que lo clásico se vaya muriendo, nos dice irónico Oleg con una sonrisa pícara.

El cineasta venezolano Andrés Duque presenta un relato impecable en Oleg y las raras artes, difundiendo de manera casi premonitoria -Oleg Karavaichuk falleció el pasado mes de junio- y con una sensibilidad brillante la historia del pianista, incitando al espectador a querer saber más sobre él y su música. Cabe destacar, igualmente, el trabajo de las traductoras del ruso en la película y de las salas que han acogido esta propuesta en nuestro país -en Madrid,  Cineteca y Artistic Metropol. Decía Andrei Tarkovsky que “cuando una obra maestra nos conmueve, escuchamos en nuestro interior la misma llamada de la verdad que impulsó al artista al crearla”. En este documental, grabado a lo largo de dos años, Andrés Duque hace partícipes a los espectadores de un caso singular y excepcional, permitiéndonos acompañar a Oleg en escenas de su proceso creativo.

Y es que hay que oler la fruta. Hay que decir “basta”.

 

Isa Aplomo

 

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4 thoughts on “Oleg: disonancia en la modernidad

  1. Querida Isa: qué buen texto, esta es la típica película que si no estás atento te pierdes en la cartelera. Parece realmente un tipo muy interesante, o muy curioso cuanto menos. Me gusta mucho el retrato que haces de este pianista, al que reconozco desconocía, y también la aproximación que cuentas hace su director del mismo. Gracias por inaugurar el blog!
    Abrazos,
    Pilar

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  2. Hola, Isa:

    Ante todo, enhorabuena por haber inaugurado el blog; no sólo es meritorio ese gesto de romper el hielo, sino que te honra que lo hayas hecho siendo una de las nuevas alumnas del curso y con una crítica a una película que no era precisamente la más fácil de analizar entre las posibilidades que ofrecía la cartelera esa semana.

    Hay una cosa realmente difícil de conseguir a la hora de hacer una crítica: sintetizar el espíritu -y el sentido- de la película sin recurrir a fórmulas, ni lugares comunes del oficio de la crítica. Creo que es relativamente fácil “escribir como un crítico”: es decir, lograr que tu texto suene a crítica utilizando una serie de frases hechas que, por uso y abuso, acaban vaciándose de significando y que, en el fondo, conforman un repertorio de tics que un buen crítico tendría que evitar. Es mucho más difícil que eso hacer una crítica realmente digna de tal nombre, que suene a discurso personal y que rehuya fórmulas. Y creo que en este texto lo has conseguido: hay un momento en tu crítica que logra que la película quede, por así decirlo, fijada en su sentido profundo: “En la modernidad todo es consonancia, no hay lugar para lo disonante. Las filarmónicas de todo el mundo están llenas de consonancia y conformidad, de todo lo clásico. Y, sin embargo, la disonancia es necesaria. Ya sólo queda un poco para que lo clásico se vaya muriendo, nos dice irónico Oleg con una sonrisa pícara”.

    Te indico, no obstante, algunos detalles que podrían haber dotado al conjunto d etu texto de mayor contundencia y precisión. Cuando escribimos crítica es preciso que seamos muy precisos a la hora de mencionar nombres de directores y a la hora de hablar de recursos formales y de estilo. Por ejemplo, no sé si la grafía que has usado al citar el nombre de Shokurov podría ser válida, pero creo que sería preferible citarlo como Sokurov, que es la grafía de uso más común. La mención a “El arca rusa” es pertinente, porque es el gran referente cinematográfico en torno al Hermitage, pero la mención podría haber entrado de una forma más elegante, menos a capón.
    Como he visto la película, sé a lo que te refieres en el primer párrafo, pero se me plantea un cierto problema, porque la toma que abre la película es fija, larga y tan contundente que creo que hubiese sido mejor centrarse en ese plano que abre la película, con la figura de Oleg avanzando hacia la cámara (y hacia el espectador) por los pasillos del Hermitage -en paralelo a las columnas mejor que “paralelo entre ellas”-, quen no mencionar los distintos planos fijos que marcan el recorrido hacia el pìano. Igual es problema mío, pero, al leerlo he pensado “¿cómo que planos? Si el acercamiento a cámara es un solo plano fijo”. Más tarde he entendido que te referías al recorrido, pero creo que hubiese sido mejor empezar por ese plano y, en todo caso, después referir el piano como destino para evitar este tipo de puntual desfase entre el recuerdo de un lector/espectador que ya ha visto la película y tu texto.
    La crítica me gusta mucho: es una muy buena manera de empezar este curso y abrir el blog. Creo que eres justa tanto con la película como con la figura de Oleg, a quien no contemplas como un raro, sino como a una voz lúcida y a contracorriente. Quizá hubiese deseado una cierta contextualización de la figura de Andrés Duque, que, por cierto, no es sólo un director venezolan: nació allí, pero se le suele considerar cineasta español -de hecho, uno de los referentes del Otro Cine Español- porque toda su producción la ha desarrollado aquí.

    Un abrazo y enhorabuena, Isa,

    jordi

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  3. Hola Isa; solo decirte que me ha encantado tu texto. Hay párrafos que los he leído varías veces, más por placer literario que por interés cinematográfico.
    No sé si iré a ver esté documental, pero estoy seguro que leeré con mucho interés y curiosidad tu próxima entrada. Un saludo

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    • Muchísimas gracias, Antonio. Me has dado ánimos para seguir, que llevaba unas semanas desconectada.
      ¡Yo me alegro de que tú hayas dado el paso y estés escribiendo también! Me han gustado mucho tus críticas y también espero seguir leyéndote.

      Liked by 1 person

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